1°de Mayo en medio de una pandemia: las y los trabajadores y el socialismo

Francisco Melo Contreras
Coordinador, Programa Memoria e Historia
Instituto Igualdad

Probablemente hace muchísimos años que el Día Internacional de las y los trabajadores no tiene la significación que hoy reviste. Nos enfrentamos ante una situación global y local en que millones de personas que, formando parte de las fuerzas de trabajo, se ven expuestas a los embates de una crisis social y económica que recrudece y recrudecerá con creces su vida diaria, es decir, su dignidad.  En ese marco, las experiencias vitales de las y los trabajadores del mundo entero han visto cambios estructurales en los últimos años, ya sea en sus puestos de trabajo, en sus condiciones laborales, en empleos formales o informales, entre otras que al parecer cambiarán irreductiblemente el trabajo como le entendíamos hasta hoy.

Bien decía E.P Thompson, en su famoso libro La Formación de la Clase Obrera en Inglaterra, la clase es un fenómeno histórico “que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados, tanto por lo que se refiere a la materia prima de la experiencia, como a la conciencia”. Es decir, en esa relación histórica, la clase trabajadora se ha encarnado en “gente real y en un contexto real”. Entonces, resulta necesario y urgente comprender el desenvolvimiento de lo que es hoy la clase trabajadora en el mundo entero, y en Chile en particular, pues como también decía Thompson, la clase “se hace”, por medio de intereses comunes, por identidades forjadas en el día a día, por medio de sistemas de valores, entre otros.

De este modo el desafío actual del pensamiento de avanzada, de la izquierda, y del socialismo, es comprender justamente las transformaciones que se han ido suscitando en el mundo del trabajo. Sólo una actualización de los diagnósticos en relación a la producción nos aproximarán a dar respuesta cabal a los desafíos que enfrentan las fuerzas laborales. Entre estos fenómenos de cambios podemos hallar los procesos de deslocalización de la producción, la incorporación de la robótica en reemplazo de mano de obra, y la inexistencia de vastos territorios para el capital, lo que genera condiciones de pobreza radical y deshumanización, como podríamos observar en África o en América Latina.

Estos puntos recabados, a los cuales se podrían agregar un puñado más, dan cuenta de la persistencia de la relación entre capital y trabajo como condicionante central aún de las contradicciones más profundas de nuestras sociedades modernas. Si a ello agregamos otras variables, como la de género, la de migrantes, entre otras, la problemática toma aún mayor realce. Por esto mismo, si la clase “se hace” en base a sus propias experiencias y a su propia historia, para el mundo progresista urge comprender dicho fenómeno a cabalidad, sobre todo porque la precarización de la vida de extensas franjas de seres humanos se han ido sumando más y más a lo que se ha denominado desde la sociología como “precariarado”. En éste, a diferencia de las “clase obrera”, las personas no cuentan ni con seguridad laboral, en virtud de empleos informales, domésticos o de cuidados que no son considerados “trabajo”, ni con condiciones psicológicas para el desenvolvimiento de su vida de forma plena en el terreno cultural, político o social.

Dar cuenta de estas transformaciones en el terreno de las fuerzas del trabajo debe ser un imperativo ético para las organizaciones políticas y sociales, como también para los centros de estudios cuyos objetivos sean el cambio social en pos de las mayorías postergadas por el modelo neoliberal. Los partidos políticos como el Socialista, surgieron de un análisis y diagnóstico de las condiciones materiales e inmateriales de las y los trabajadores en un momento dado. El Partido Socialista definió, con profunda preclaridad, que era representante de las/los trabajadores/as manuales e intelectuales, con el fin de interpretar a las mayorías sociales que de una forma u otra eran parte de esa inmensa masa laboral excluida de los privilegios que el capitalismo otorgaba a una reducida elite nacional. De este modo, sumó a las luchas sociales y políticas a diversos actores populares que hasta ese entonces no figuraban dentro de la política nacional. Desde ahí emergieron sus máximos liderazgos, hombres y mujeres que han dado lo mejor de sí para la construcción de una República Democrática centrada en la dignidad mayoritaria del pueblo.

En definitiva, se hace urgente deliberar acerca del capitalismo en su fase neoliberal, ya que éste es el causante principal del desmantelamiento del viejo Estado Social, el cual se embate hace años en una severa crisis al no otorgar condiciones mínimas de subsistencia a millones de ciudadanos y ciudadanas, y que hoy se agudiza producto de la pandemia del COVID-19. Esta crisis y este modelo de desarrollo ha generado una brecha insalvable entre aquellos/as que ostentan para sí la acumulación del producto social versus aquellas/os que sólo tienen como salvaguardia de subsistencia la venta de su propio trabajo como una mercancía más. No podemos tolerar que la crisis sea la oportunidad de que el neoliberalismo persista a costa de la precarización radical de las y los trabajadores.

Salvador Allende planteaba que la vida de hombres y mujeres “giraba en torno a su facultad de amar, de crear, de trabajar”. Es la insistencia en sus palabras, en su coherencia ética y política, la que debe llamarnos a persistir, y a refirmar nuestro compromiso en la lucha de las y los trabajadores, en comprender los nuevos fenómenos que han ido cambiando las relaciones sociales de producción, las experiencias y condiciones en que éstos/as se desenvuelven y generan su vida concreta. Un socialismo capaz de transformar la realidad debe entender los cambios que se están generando y que seguirán por un camino ascendente. Ahí reside el mayor desafío del siglo XXI, el cual se traduce en la construcción de una vida digna, en donde se pueda libremente amar y crear, en donde el trabajo y su valor no alienen, sino más bien genere las condiciones para el desenvolvimiento pleno de las capacidades del conjunto de la humanidad.

En memoria de las y los Mártires de la clase trabajadora de Chile y el mundo, en memoria de los Mártires de Chicago.

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