Es la hora de los partidos

Por Sergio Arancibia

Las explicaciones respecto al porqué la población rechazó el proyecto de nueva Constitución –y sobre las consecuencias de todo ello– darían lugar, a esta altura de los tiempos, a varios tomos si se quisieran compendiar. Cada opinólogo o aspirante a tal ha desarrollado sus tesis al respecto. Además, cada participante en ese debate se siente en la obligación de polemizar con sus iguales para efectos de defender y eventualmente imponer sus propios puntos de vista sobre un tema que todavía requiere tiempo y distancia como para ser analizado en toda su complejidad. Sin embargo, aun siendo consciente de todo ello –y sin interés de polemizar con nadie–, me siento inclinado a plantear algunas preocupaciones que subyacen en la mente de este modesto ciudadano.

Tengo la impresión de que muchos de los partidos presentes en el escenario nacional presentaron listas o apoyaron candidatos en el proceso electoral que dio origen a los 155 constituyentes. Pero, una vez pasada la elección, los electos levantaron la tesis de que eran representantes directos del pueblo y que, como tales, no respondían ante dios ni ley alguna más allá de sus particulares puntos de vista. Y hubo partidos que aceptaron con bastante tranquilidad de conciencia esa tesis independentista y dejaron a los constituyentes –que habían sido electos bajo sus banderas y sus siglas– carentes de toda orientación o disciplina partidaria.

En esa medida, los constituyentes carecieron de la visión nacional y estratégica que se supone es el aporte permanente que los partidos políticos deben aportar a la sociedad. Así, cada constituyente se sintió en la libertad de hacer, decir y apoyar lo que estimara conveniente.

Muchos de los partidos que habían concurrido al proceso electoral levantando candidatos aceptaron dicha independencia de los constituyentes, por varias razones.

Algunos, porque no tenían ni han tenido nunca estructuras partidarias suficientemente homogéneas y disciplinadas, sino que han sido básicamente movimientistas en lo orgánico y liberales en lo doctrinario.  Representan más bien corrientes de pensamiento que estructuras partidarias.

Otros porque se dejaron arrastrar por la ola de críticas y de vilipendios a los partidos políticos que se han desarrollado nacional e internacionalmente en los últimos años. Esa ola tiene en muchas ocasiones bases reales, dadas por casos de corrupción, de enriquecimiento rápido o inexplicable, de aislamiento de sus electores, de ausentismo de funciones parlamentarias, de indisciplina, o de pactos, alianzas o acuerdos con fuerzas contrarias que no tienen explicaciones fáciles. Pero en no pequeña medida esa campaña antipartido es diseñada y llevada adelante por sectores que propician un sistema político en que los partidos jueguen un papel muy reducido, y que los poderes fácticos sean los que definan los horizontes de lo posible en el seno de la población.

Frente a todo ello, los partidos no tienen que hacerse a un lado, tratando de aparecer lo menos posible en escena, sino que deben rescatar y asumir su rol como elementos indispensables en un sistema democrático, sin dejar, por ello, de asumir las críticas que tengan base real, perfeccionando, disciplinando y transparentando el quehacer de sus militantes.

Hoy en día, en la situación política posplebiscito, los partidos se han visto obligados a tomar posiciones y a definir el curso deseado de los acontecimientos, pues la naturaleza, la sociedad y la política le tienen horror al vacío. Y el escenario fundamental, incluso por mandato legal y constitucional, donde se deben tomar los acuerdos que le den continuidad al proceso, es el Parlamento. Pero no se debe repetir el error anterior, ni hacerles el juego a los poderes fácticos, de dejar que las decisiones más relevantes, que marcan y definen el curso de la política y de la sociedad, sean definidas solo por los ilustres parlamentarios allí presentes, sino que ellos deben ser los voceros e intérpretes de los partidos que dicen representar.

Es la hora de los partidos, por imperio de las circunstancias, por aprendizaje del pasado reciente y por mandato de la democracia. Es la hora de los partidos, sin complejos, con coraje, participación y transparencia.   

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