La visita del Presidente Barack Obama a Chile se realizó en un marco internacional particularmente crítico: bloqueo del espacio aéreo y tres días de bombardeos sobre Trípoli, Libia, y una descoordinación creciente de las fuerzas aliadas en torno a los alcances de la operación y a la estructura de mando responsable de ella (la OTAN reclama su papel de liderazgo). Todo ello amparado en la resolución 1.973 aprobado por mayoría en el Consejo de Seguridad de la ONU, con la abstención de países como Brasil, China, Alemania, India y Rusia, y que le ha otorgado la legalidad internacional para llevar adelante las operaciones, aunque éstas se muevan, por momentos, en los márgenes de la resolución.
En dicho contexto internacional el Presidente Obama decidió no suspender la visita a América latina, aun cuando buena parte de sus preocupaciones estaban determinadas por los sucesos en el norte de África, donde se juegan no solo la vida y los derechos humanos de la población civil, sino una de las principales reservas petroleras del mundo. Como se aprecia un lugar donde no están solo en juego ciertos principios humanitarios sino también tangibles y crudos intereses comerciales., tanto para Europa como para EE.UU.
En ese marco Obma arribó a Chile, teniendo como actividad central su “Discurso para las Américas”, donde volvió a insistir en un “nuevo trato entre iguales” dejando atrás el asistencialismo e implícitamente la política de intervencionismo de la Guerra Fría. Aludió de manera explícita a un conjunto de instrumentos de salvaguarda democrático para que sean los propios países latinomericanos quienes tengan en sus manos la resolución de los conflictos en la región (Unasur, Mercosur, OEA), con una política que insinúa una cierta distancia de su tradicional rol de gendarme.
Obama insisitió en su discurso que América latina debía ser un actor relevante del nuevo mundo globalizado, pero no dio señales de apoyo a Brasil como integrante permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.
Abundaron los buenos propósitos y las alabanzas mutuas -jugando Chile ese rol que tanto gusta a su elite de ser “el mejor de la clase”, pero que poco y nada ayuda a la integración de Chile en la región- , pero se echó de menos políticas e instrumentos más precisos para concretar acciones en favor de derrotar la pobreza, una nueva matriz energética, fortalecer la democracia y los DD.HH. Sus alusiones al crimen organizado y el narcotráfico constituyeron más bien un discurso dirigido a México, Centroamérica y Colombia, pero que dice poco para esta parte sur de la región.
El Presidente Obma perdió, sin duda, la oportunidad para hacer un gesto más claro de condena a las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura chilena y del Cono Sur en los 70, y esbozar, a lo menos, algún atisbo de autocritica por el rol de EE.UUU durante la Guerra Fría en la región. Ello le habría dado más fuerza y legitimidad a su discurso sobre la universalidad de la democracia y los ddhh.
Resulta todavía prematuro –habrá que esperar la próxima Cumbre de las Américas en abril en Colombia- para dar cuenta de avances concretos en esta agenda, pero la difícil situación fiscal interna de EEUU, unido a la coyuntura internacional en el norte de Africa, hace poco probable que se llegue a esa cita mostrando avances significativos en las áreas de cooperación anunciadas.
En la política doméstica el gobierno puede considerar la visita un éxito (se eligió Chile para hablar a “América”, lo que marca un signo alto en las relaciones entre ambos países), más allá de mostrar el gobierno chileno y el Presidente un grado de obsecuencia en algunos pasajes de la visita pocas veces visto en un mandatario latinoamericano cualquiera sea el signo político de éste. No cabe duda que el presidente de EE.UU ofrece un nuevo talante, un estilo más democrático y de confianza, pero es un dato que nuestros países siguen arrastrando importante niveles de desconfianza, que no se terminaron de disipar en esta visita. Faltó ahí una sintonía más fina de la diplomacia americana para percatarse de las reservas y desconfianzas que siguen estando presente en la política chilena en torno a EE.UU.
En las próximas semanas y meses será posible observar y ponderar si la visita de Obama deja, además de la retórica y los buenos propósitos, la posibilidad de ir construyendo efectivamente una nueva relación, marcada por la la horizontalidad, la autonomía y la construcción de una agenda común. La lección sigue siendo la misma: se requiere avanzar con más decisión en la integración latinoamericana, para así pararnos con personalidad propia, desde nuestros valores e intereses, y transformarnos en un actor relevante capaz de interlocutor de igual a igual con los otros actores decisivos de este nuevo orden global.



