La mega reforma de Kast: reorganizar el capitalismo chileno bajo orden, mercado y disciplinamiento social.

16 minutos de lectura

Por Jorge Ignacio Rossel Herrera
Militante del Partido Socialista de Chile
Secretario de Formación Política de la Región Exterior.

La llamada “mega reforma” impulsada por el gobierno de José Antonio Kast no representa simplemente un conjunto de modificaciones económicas o administrativas. En realidad, expresa algo mucho más profundo: el intento de reorganizar política, social e ideológicamente el capitalismo chileno después de la crisis de legitimidad que explotó con fuerza durante el estallido social de 2019 y que terminó golpeando a todo el sistema político construido durante la transición.

Detrás del lenguaje de “reconstrucción nacional”, “modernización”, “seguridad” y “crecimiento”, emerge un proyecto histórico claro: reconstruir la autoridad del modelo neoliberal chileno en un momento donde amplios sectores sociales comenzaron a cuestionar no solo a los gobiernos, sino las bases mismas sobre las cuales se organizó la sociedad chilena durante décadas.

La discusión actual no es simplemente técnica ni parlamentaria. Lo que está en juego es una pregunta mucho más profunda: qué tipo de sociedad quiere construir Chile después del agotamiento del ciclo político iniciado tras el retorno a la democracia.

El agotamiento silencioso del modelo chileno

Durante muchos años, Chile fue presentado como el ejemplo exitoso del neoliberalismo latinoamericano. Desde el exterior se observaba un país aparentemente estable, con crecimiento económico sostenido, estabilidad macroeconómica y expansión del consumo. La imagen internacional de Chile era la de una economía moderna, integrada al mundo y capaz de ofrecer gobernabilidad política en una región históricamente marcada por crisis recurrentes.

Sin embargo, bajo esa superficie comenzó lentamente a acumularse una profunda fractura social.

La promesa implícita del modelo era relativamente simple: crecimiento económico a cambio de estabilidad política. Mientras existiera expansión económica y posibilidades de consumo, el sistema mantendría legitimidad social. Durante un tiempo esa fórmula pareció funcionar. Amplios sectores pudieron acceder a bienes de consumo, educación superior y crédito. El problema fue que gran parte de ese bienestar descansaba sobre una estructura profundamente desigual y financieramente frágil.

Con el paso de los años, millones de familias comenzaron a experimentar una sensación cada vez más fuerte de inseguridad material y agotamiento social. El endeudamiento dejó de ser una herramienta excepcional y se transformó en condición permanente de existencia. La vida cotidiana comenzó a organizarse alrededor de créditos universitarios, deudas hipotecarias, tarjetas de retail y sistemas previsionales incapaces de garantizar tranquilidad futura.

El problema ya no era solamente la pobreza tradicional. Era algo más complejo y más profundo: la percepción de que incluso trabajando, estudiando y esforzándose, enormes sectores sociales seguían viviendo bajo incertidumbre constante.

Chile comenzó lentamente a transformarse en una sociedad donde la estabilidad cotidiana dependía crecientemente de la capacidad individual de sobrevivir dentro de un mercado competitivo, desigual e inseguro. El estallido social no creó esa crisis. Simplemente la hizo visible.

Kast intenta resolver la crisis social chilena profundizando precisamente el modelo que generó gran parte de la crisis

Aquí aparece la principal contradicción histórica del proyecto kastista.

Frente a una sociedad marcada por el agotamiento social, el endeudamiento y la pérdida de legitimidad del modelo neoliberal, Kast responde proponiendo profundizar varios de los mecanismos centrales que produjeron precisamente esa crisis.

La mega reforma insiste en reducir impuestos corporativos, flexibilizar regulaciones, acelerar inversiones y disminuir controles estatales bajo la idea de que el crecimiento económico volverá a generar estabilidad política y bienestar social. El supuesto central es que Chile necesita “destrabar” la economía y restaurar la confianza del gran capital para recuperar gobernabilidad.

Sin embargo, el problema chileno es mucho más profundo que una simple desaceleración económica.

La crisis no nació solamente de menores tasas de crecimiento. Nació también de una forma de organización social donde la riqueza se concentró progresivamente, los derechos sociales fueron privatizados y la vida cotidiana quedó subordinada a lógicas de mercado.

Por eso el proyecto kastista resulta profundamente paradójico: intenta resolver la crisis de legitimidad del neoliberalismo reforzando precisamente las bases del neoliberalismo.

La promesa vuelve a ser esencialmente la misma: más crecimiento traerá nuevamente estabilidad.

Pero la experiencia histórica reciente demuestra que el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza cohesión social ni legitimidad política cuando amplios sectores perciben que los beneficios del desarrollo continúan concentrándose en pocas manos.

El problema de fondo no es solamente cuánto crece la economía chilena, sino quién controla la riqueza producida y cómo se distribuye el poder dentro de la sociedad.

La estrecha aprobación parlamentaria de la idea de legislar la mega reforma reveló además una tensión política mucho más profunda que una simple disputa tributaria o presupuestaria. El debate dejó al descubierto dos visiones completamente distintas sobre cómo enfrentar la crisis chilena. Para el gobierno de Kast, el problema central del país sería el debilitamiento del crecimiento económico y de las condiciones para la inversión privada; por eso insiste en rebajas tributarias, flexibilización regulatoria, aceleración de permisos y fortalecimiento del gran capital como motor principal de la recuperación nacional. Sin embargo, las críticas surgidas desde sectores opositores, economistas y diversos actores sociales apuntan precisamente a la contradicción central del proyecto: intentar resolver la crisis social chilena fortaleciendo nuevamente los mismos mecanismos económicos que contribuyeron al agotamiento del modelo neoliberal. La discusión sobre el llamado “chorreo” volvió así al centro del debate histórico chileno. Durante décadas se sostuvo que el crecimiento de las grandes empresas terminaría beneficiando al conjunto de la sociedad mediante empleo, inversión y expansión económica. Pero amplios sectores sociales perciben hoy que ese crecimiento convivió simultáneamente con endeudamiento masivo, precarización, desigualdad territorial y creciente inseguridad material. Por eso la discusión ya no gira únicamente en torno a porcentajes tributarios o incentivos económicos, sino alrededor de una pregunta mucho más profunda: si el desarrollo chileno seguirá organizado prioritariamente en función de la rentabilidad del mercado o si el país avanzará hacia una lógica donde la economía quede subordinada al fortalecimiento de derechos sociales, cohesión democrática y bienestar colectivo.

El nuevo pacto conservador

Kast comprendió algo que gran parte del progresismo tardó demasiado tiempo en entender: la sociedad chilena no solo estaba agotada económicamente; también estaba emocionalmente fracturada.

La inseguridad, el miedo, el deterioro barrial y la sensación de pérdida de control comenzaron a convertirse en experiencias cotidianas para enormes sectores sociales. Allí precisamente el kastismo encuentra su principal fuerza política.

Donde antes el neoliberalismo ofrecía movilidad social y consumo como mecanismos de integración, hoy comienza a ofrecer orden, autoridad y disciplina como nuevas formas de estabilización social.

Por eso la seguridad deja de ser solamente una política pública y se transforma progresivamente en el eje organizador de toda la vida política.

La insistencia permanente en delincuencia, control migratorio, autoridad y orden público no responde únicamente a preocupaciones de seguridad. Expresa también un intento de reconstruir cohesión social mediante un nuevo pacto conservador donde el miedo y la necesidad de estabilidad reemplazan las antiguas promesas de bienestar.

En este contexto, el Estado deja de concebirse prioritariamente como garante de derechos sociales y comienza a redefinirse cada vez más como aparato de control y disciplinamiento.

La gran dificultad histórica de este modelo es que intenta administrar tensiones sociales profundas sin modificar las estructuras económicas que las producen.

La mega reforma en el contexto de la crisis económica mundial

La mega reforma tampoco puede entenderse aislada del escenario internacional.

La economía mundial atraviesa uno de los períodos más inestables de las últimas décadas. El capitalismo global ya no vive la etapa expansiva y relativamente optimista de los años noventa o comienzos de los 2000. Hoy el escenario internacional está marcado por desaceleración económica, endeudamiento gigantesco, guerras, tensiones geopolíticas, inflación persistente y creciente incertidumbre global.

La disputa entre Estados Unidos y China, la crisis energética, la fragmentación del comercio internacional y la creciente competencia tecnológica están modificando profundamente el funcionamiento de la economía mundial.

Y precisamente por eso Kast insiste obsesivamente en transformar Chile en un territorio extremadamente atractivo para el capital internacional. La reducción de impuestos corporativos, la aceleración de permisos ambientales y la flexibilización regulatoria buscan posicionar al país como una plataforma segura y rentable dentro de un mundo cada vez más competitivo e inestable.

Sin embargo, aquí aparece nuevamente una contradicción histórica muy profunda.

Frente a una economía mundial crecientemente frágil, Chile responde aumentando todavía más su dependencia respecto al extractivismo, la exportación primaria y los mercados internacionales.

En vez de reducir vulnerabilidad estructural, el proyecto kastista corre el riesgo de profundizarla.

El problema no es solamente económico. También es estratégico. Un país excesivamente dependiente de materias primas y capital financiero internacional queda mucho más expuesto a las crisis globales y pierde capacidad de construir desarrollo soberano de largo plazo.

El problema del mérito en una sociedad desigual

Uno de los elementos ideológicos más importantes del discurso kastista es la exaltación permanente del mérito individual.

El mérito resulta particularmente poderoso dentro de sociedades neoliberales porque transforma desigualdades estructurales en responsabilidades individuales. Quien fracasa deja de aparecer como víctima de una organización desigual de la economía y pasa a percibirse simplemente como alguien que no se esforzó lo suficiente.

De esta manera, enormes diferencias de origen social, educación, patrimonio y acceso a redes de poder quedan invisibilizadas detrás de una narrativa moral del éxito individual.

Pero el mérito nunca opera sobre condiciones iguales.

No parte desde el mismo lugar quien nace en una familia con patrimonio, accede a educación de élite y posee redes de influencia, que quien crece en territorios abandonados, estudia en sistemas precarizados y vive permanentemente bajo inseguridad económica.

Cuando la desigualdad estructural es extremadamente alta, el discurso meritocrático termina funcionando muchas veces como legitimación ideológica del privilegio.

Y justamente esa percepción comenzó a expandirse fuertemente en Chile durante los últimos años: la sensación de que el esfuerzo individual ya no garantiza movilidad social real dentro de un sistema profundamente desigual.

La crítica desde el socialismo democrático y el allendismo

Desde una perspectiva socialista democrática y allendista, el problema central de Chile nunca ha sido únicamente cuánto crece la economía.

La verdadera pregunta es quién controla la riqueza, cómo se distribuye el poder económico y hacia dónde se orienta el desarrollo nacional.

Salvador Allende comprendió tempranamente que la democracia política sería siempre insuficiente si el poder económico continuaba concentrado en pocas manos. La nacionalización del cobre no fue simplemente una política fiscal. Representó un intento de construir soberanía nacional y democratización del desarrollo.

La tradición histórica del socialismo chileno nunca entendió el desarrollo únicamente como crecimiento económico. Lo entendió como ampliación concreta de dignidad humana, ciudadanía social y capacidad colectiva de transformación.

Por eso hoy la discusión chilena no puede reducirse simplemente a atraer inversiones o acelerar permisos ambientales.

Chile necesita discutir seriamente cómo construir industrialización moderna, soberanía tecnológica y desarrollo científico en un mundo donde el conocimiento y la innovación determinan crecientemente el poder económico de las naciones. Necesita fortalecer universidades públicas, democratizar capacidades productivas y construir una transición energética que no reproduzca simplemente nuevas formas de dependencia extractiva.

La gran discusión del siglo XXI no es solamente cuánto crecerá la economía chilena. La verdadera discusión es para beneficio de quién se organizará ese crecimiento y qué tipo de sociedad emergerá de él.

La crisis del progresismo

Pero una crítica seria al proyecto kastista también obliga a una reflexión incómoda dentro de las propias fuerzas progresistas.

Durante muchos años, parte importante de la izquierda y del progresismo perdió conexión con las experiencias concretas de amplios sectores populares. Mientras crecían el endeudamiento, la inseguridad y el deterioro territorial, gran parte del debate político comenzó a encerrarse en tecnocracia, gestión administrativa y comunicación superficial.

Kast crece precisamente sobre esa desconexión.

La derecha logra interpretar emocionalmente malestares reales que durante mucho tiempo fueron subestimados o mal comprendidos por sectores progresistas.

La crisis del progresismo no es solamente electoral. También es cultural y estratégica. Durante años, parte importante de la política perdió capacidad de interpretar los cambios emocionales, sociales y culturales que atravesaban a la sociedad chilena.

Por eso hoy el desafío del socialismo chileno no consiste solamente en resistir el avance conservador. La verdadera tarea histórica es reconstruir un proyecto democrático, popular y transformador capaz de volver a conectar con las necesidades reales de la sociedad.

El desafío histórico del socialismo chileno

La tarea de las fuerzas socialistas y democráticas no puede limitarse únicamente a administrar mejor el modelo existente.

Chile necesita volver a pensar estratégicamente su futuro.

Necesita discutir qué significa realmente desarrollo en el siglo XXI, cómo construir soberanía económica en un mundo globalizado y cómo combinar democracia, justicia social, innovación tecnológica y dignidad humana.

Porque quizás una de las lecciones más profundas de este tiempo sea comprender que ninguna sociedad logra estabilidad duradera cuando el crecimiento económico queda completamente separado de la experiencia concreta y de la dignidad cotidiana de las grandes mayorías sociales.

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