Ernesto Águila Z. Director Ejecutivo Instituto Igualdad.
SE ANUNCIA una gran reforma educativa. La más importante de todas, se enfatiza. Ya se verá. Sin embargo, me sigue pareciendo más de fondo e inquietante el redibujo curricular anunciado como parte de esta nueva política.
El currículum escolar define lo que una generación cree que debe saber y aprender la generación siguiente. Suele ser el resultado de una compleja negociación entre expertos que expresan distintas visiones de la cultura y la educación; teorías del aprendizaje en boga; e intereses económicos, ideológicos y religiosos diversos y bien concretos. Así, el currículum escolar nunca es un texto inocente.
Y no lo es porque admite amplios márgenes de arbitrariedad e involucra decisiones normativas que anteceden a su configuración técnica y especializada. Siempre quedan en él las huellas de unas sordas y encarnizadas luchas y transacciones culturales, simbólicas y políticas, sobre cómo organizar territorialmente el conocimiento, definir las fronteras de las disciplinas, sus jerarquías y secuencias y el tiempo asignado a cada una de ellas.
Si el currículum escolar es un ámbito que concierne a todos, los anuncios que aumentan el número de horas de Lenguaje y Comunicación, Matemáticas e Inglés, y reducen el tiempo asignado a Historia, Ciencias Sociales, Tecnología y Artes Visuales contienen un importante vicio de origen y de forma: se han hecho sin un proceso de consulta a los actores del sistema, a la sociedad, a la comunidad de expertos, y han sido aprobados por un Consejo Nacional de Educación (CNE) cuya composición se encuentra en retirada y en pleno proceso de renovación de sus integrantes (en adelante se prescindirá, por ejemplo, de los representantes de las FFAA y el Poder Judicial).
Por otra parte, las medidas anunciadas parecen insuficientemente justificadas técnicamente y las autoridades han entregado hasta ahora unos débiles fundamentos empíricos. En el campo de la educación matemática existía un consenso que más que aumentar las horas se requería optimizar su uso, y en el sector de Lenguaje y Comunicación el progreso de los aspectos comprensivos, críticos y argumentativos del lenguaje podían perfectamente desarrollarse desde los diversos sectores curriculares, siendo la historia y el conocimiento de la sociedad paradigmáticos en este sentido.
¿Cuál puede ser la razón de este intempestivo e inconsulto cambio?
En lo concreto se producirá una sustancial disminución de los contenidos de Historia y Ciencias Sociales entre 5° básico y II medio (y del número de profesores requeridos), reduciendo los saberes y valores que este sector curricular aporta a una formación integral (otro tanto puede decirse de Tecnología y Artes Visuales). Quizás la «letra chica» venga de la mano de un tijeretazo nada inocente a los objetivos y contenidos de Historia moderna y contemporánea, particularmente de la «historia reciente» de Chile, y aquellas materias que favorecen una formación en ciudadanía y derechos humanos. Hay una controversia de larga data como para así pensarlo. Ello sería una muy mala señal, una verdadera abdicación de la actual generación en su responsabilidad de traspasar a las generaciones siguientes su propia experiencia y aprendizaje histórico. Una imperdonable falta de compromiso con la asignatura de fortalecer la democracia desde la escuela.



