Déficit de futuro

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Mirado desde la prensa y de las imágenes televisivas el acto de conmemoración del 5 de octubre apareció deslucido y mustio. Tal vez lo más irreparable no era el número de concurrentes ni la débil tarima que servía de escenario, sino la imposibilidad de reencontrarse con la emoción originaria, volver a identificarse con la misma estética, o revivir las energías sociales de ese particular momento histórico.

Lo anterior no es extraño, pues el paso del tiempo va indefectiblemente ritualizando y rutinizando las “glorias pasadas” y lo mejor de éstas, su núcleo emotivo, resulta cada vez más irrepetible e irrecuperable. Tal vez por eso no conviene mucho vivir de ellas.

En aquel remoto 5 de octubre del 88, la Concertación y la oposición (nunca fueron lo mismo) vivían un presente bastante incierto y  precario, un pasado del que se quería salir con prisa y un futuro marcado por la ansiedad y no pocas esperanzas. 22 años después ese mismo mundo político tiene que lidiar, día a día, con la interpretación de una historia de 20 años de gobierno, terminar de  encontrar su lugar en su nueva condición opositora, y hacerse cargo de su principal problema actual: su déficit de futuro.

¿Cómo superar este estado de cosas? Se han  propuesto varias alternativas, algunas bastante drásticas: un  harakiri colectivo (precedido de un mea culpa lo más desgarrador posible); una “muerte asistida” de la Concertación; un urgente cambio de “marca” (aporte del mundo del marketing); dejar que todo fluya y que “florezcan mil flores” (un lectura  más bien hippie de la conocida recomendación de Mao); una idea “refundacional” hasta ahora un poco vaga;  y la alternativa de no mover nada o muy poco pues se habría tratado de una derrota muy ajustada. La “tesis” inmovilista se nutre adicionalmente de los rasgos del gobierno de Piñera: éste debiera dejar mucho para el Presidente, pero muy poco o nada para la derecha, particularmente  para la UDI, quedando muy abierto el tema de la sucesión.

Más allá de estas distintas opciones lo cierto es que la Concertación ya parece haber elegido su camino y sería ingenuo no percatarse de ello: darle continuidad a dicha alianza e intentar renovarla desde adentro (los nuevos liderazgos partidarios de la Concertación dan exacta cuenta de esa alternativa); buscar reconectarse con la sociedad a través de procesos de primarias abiertas a la ciudadanía en todos los niveles (municipal, parlamentario y presidencial); y encontrar una didáctica para explicar los últimos 20 años de gobierno, realzando y defendiendo lo logrado, y diferenciándolo de aquello que se quiso hacer pero la oposición de entonces lo impidió, y de lo que no se hizo y no se sabe bien por qué. Sin duda, esto último es lo más desgastante y deja en evidencia que en algunos asuntos se fue mucho más “papista” que la propia derecha.

¿Resultará esta estrategia? ¿Bastará para hacer nacer un proyecto progresista de futuro que conecte y catalice las nuevas energías sociales y culturales que hay en la sociedad chilena? A simple vista parece insuficiente, y particularmente moroso con las nuevas generaciones,  pero todo indica que  será la opción con que la Concertación enfrentará el futuro, por lo menos hasta las elecciones municipales de 2012. Allí se probará, si este aggionamiento o refundación parcial, en lugar de una renovación más radical y apocalíptica, habrá sido suficiente.

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