Una columna en el diario publicada el pasado fin de semana (que casualidad que la prensa siempre le dé tribuna), y las posiciones de los candidatos Girardi y Lagos Weber del partido amigo, Por la Democracia, me hacen escribir. Se ha dicho que debemos procesar, analizar y compartir un diagnóstico acerca de nuestra derrota en las elecciones de diciembre y enero. Ya está en nuestros anuarios la idea de que las primarias regionales fueron poco afortunadas y que sirvieron para dar la impresión de que estaban amañadas. También hemos dicho, incluso a veces en el límite de la falta de respeto, que el candidato no era el más vibrante y motivador. Hemos dicho todos que se instaló una lógica de perpetuación en puestos de poder que desvirtuó la misión de un servicio público brindado por los mejores para la magnífica tarea de servir a Chile. Hemos dicho también que nuestros partidos requieren renovación de prácticas y liderazgos. Sin embargo, porfiadamente nos dicen que no hemos hecho el proceso personal y político de la derrota. Pero no es así. Lo que algunos quieren es que afirmemos que todo lo que somos como partidos y coalición política llegó a su término, cumplió su ciclo y debe dar vuelta la página. Eso no sucederá.
Me molestan estas posiciones irresponsables que no se hacen cargo de criterios tales como gobernabilidad, mayorías, acuerdos sociales y progreso incremental. Me molesta escuchar posiciones que hablan del término de la concertación, o peor, de que esta es una coalición sin capacidad de proponer nada de interés a Chile, sin capacidad de reinventarse. Me molesta que se plantee en forma explícita o subrepticia que para ser opción de gobierno hay que romper la alianza entre la izquierda y el centro, alianza que trajo progreso, estabilidad, paz, y grandes logros sociales a Chile.
Es verdad que hay un asunto que aún es una vergüenza en todo nuestro proceso, la nota oscura, lo feo. Es la desigualdad, la feroz distancia social, la inequitativa distribución de las oportunidades, la ineficacia de la educación como mecanismo capaz de aplanar la cancha, los límites clasistas que impone nuestra convivencia para abrir canales de movilidad social, el ninguneo a las regiones, a la educación pública, al ciudadano de a pie. Es este el espacio donde nos reinventaremos. Este es nuestro compromiso hoy. Queremos seguir creciendo, queremos que el sector privado participe, queremos que el Estado actué, queremos que las instituciones, los servicios públicos, las políticas sociales, funcionen. Eso es lo que hemos hecho estos años en que hemos demostrado una gran capacidad de combinar fuerzas sociales y económicas para alcanzar metas de progreso y bienestar. Pero no hemos dado ninguna lucha frontal contra la desigualdad.
No perdimos la elección por no haber enviado al parlamento proyectos de ley sobre reformas laborales y AFP estatal, pero creo que iríamos en la ruta de enfrentar desigualdades si logramos entregar más herramientas a los trabajadores organizados. No existe una fórmula perfecta, pero sin duda el asunto pasa por una combinación de salario mínimo, negociación colectiva y reformas tributarias. Las medidas educativas, culturales y sociales, en el más amplio sentido, que apuntan a la equidad social, son también importantes, pero no sustantivas. Para hablar de desigualdades es necesario hablar de la retribución al trabajo mejorando salarios. La discusión que hoy se realiza en el parlamento es pobre y mezquina. Se puede hacer de otro modo, Brasil lo hace de otra forma garantizando poder adquisitivo y valorizando permanente los salarios. Llegó la hora de pensar responsablemente en un modelo económico social que al término equidad social, sume el de superación creciente de las desigualdades.



