Los límites del mercado

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Ernesto Águila

El libro del filósofo político norteamericano Michael Sandel, “Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado” (2012), puede ser de especial interés para una sociedad como la nuestra que intenta definir sus espacios sociales de gratuidad y con ello delimitar las fronteras entre ciudadanía y mercado, entre mercado y comunidad, recordándonos de paso que el mercado es una construcción social, y que su fisonomía y extensión debe ser objeto de deliberación y decisión democrática.

El texto trata de identificar aquellos territorios sociales y humanos que no deberían estar organizados como un mercado,  es decir, verse sometidos a un proceso de transformación en mercancía y precio, susceptible de compra y venta. Ello sobre la base de entender que las “soluciones de mercado”, con su lógica de “incentivos” -que Sandel compara con un sistema de grandes y pequeñas “extorsiones”- no son moralmente neutras ni asépticas. No son, en ese sentido, ni “naturales” ni solo “técnicas”.

Sandel propone dos criterios para analizar críticamente una “solución de mercado” en las esferas sociales y humanas. Por un lado, observar si dicha solución introduce desigualdad en un ámbito en el que las personas deberían ser tratadas como iguales y en el que no hay una idea moral de justicia que la fundamente. Dicho en otros términos, se trataría de evitar que el mercado colonice un espacio donde deberían primar las lógicas de ciudadanía y/o de comunidad. Por otro lado, evaluar si la introducción del mercado en un determinado ámbito corrompe la naturaleza del bien que se quiere conseguir o proteger. Sandel menciona el caso de algunos colegios vulnerables en un Estado de Norteamérica donde a los niños de segundo año de preparatoria se les paga dos dólares por libro leído. La racionalidad económica es impecable: se genera un incentivo poderoso para “aumentar” la lectura. El problema es que por esta vía se desnaturaliza el fin pedagógico, hasta volverlo irreconocible, que es crear en el niño el gusto y la motivación por la lectura. El dinero, siendo un medio, tiene esa especial propiedad de transformarse rápidamente en un fin.

¿Es todo esto muy abstracto o “filosófico”? Para nada. Bastaría con que los hacedores de políticas públicas y los legisladores que no creen o han ido perdiendo la fe en la idea de que el mercado debiera gobernar con sus lógicas, amplias esferas sociales, culturales o personales –la amistad sería uno de los pocos espacios de gratuidad que van quedando, aunque no sabemos por cuanto tiempo-  sometieran a un escáner crítico, en cada caso, las “soluciones de mercado” y de “incentivos/extorsiones”, y observaran si estas generan o no nuevas y mayores desigualdades (el financiamiento compartido es paradigmático en este sentido: introduce más dinero al sistema educativo pero al costo de generar segregación social y una barrera de entrada según el ingreso de las familias) o bien desvirtúan la naturaleza de aquello que se quiere mejorar (como ocurre si se motiva la lectura pagando al estudiante por libro leído). Ante estos debates y disyuntivas convendría tener presente al poeta Machado: “Todo necio/confunde valor/y precio”.

Fotografía: Flickr/imosaad, Bajo licencia Creative Commons

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