En el laberinto del binominal

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Laberinto

De un día para otro, pareciera que nadie quiere que el sistema binominal continúe. Sin embargo, un análisis más detenido de los proyectos que se han puesto sobre la mesa permite ver que no todo lo que se propone conduce a su superación. Se cuenta que en una oportunidad un bisoño negociador de la derecha, en uno de los tantos intentos de reformar el binominal, dijo: “estamos dispuestos a introducir cualquier proporcionalidad al sistema electoral siempre que no se pongan en riesgo los quórum legislativos de 4/7”. Tamaña sinceridad merece elogio, aunque del debutante negociador nunca más se supo.

No se requiere ser un experto electoral para darse cuenta de que tanto la propuesta del Gobierno, como la presentada por Carlos Larraín, en conjunto con una parte de la Concertación, están construidas sobre esa cruda “filosofía”: “acabar” con el binominal pero introducir una proporcionalidad de “baja intensidad” que permita mantener inaccesible a la soberanía popular las mayorías necesarias para cambiar un amplio conjunto de leyes “protegidas” por los llamados quórum supramayoritarios.

En efecto, la propuesta del Gobierno mantiene la actual cifra de parlamentarios (siendo impopular aumentar su número, es muy difícil introducir proporcionalidad sin hacerlo); en ambas abundan los distritos pares, lo que tiende a reproducir el efecto binominal; en ambas propuestas, aunque con algunos matices, se mantiene el binominal en el Senado, con lo que se reserva esta instancia para enmendar los “errores” de la soberanía popular en la Cámara Baja.

En síntesis, podría ocurrir que se dé por fenecido el binominal y se avance hacia un sistema electoral más proporcional, pero si ello se hace sobre la base de una proporcionalidad muy leve y sin afectar los quórum supramayoritarios, podríamos desembocar—quizás por otros 20 años—en un sistema político bloqueado, donde la minoría siga pesando más que la mayoría. El antiguo arte de hacer que todo cambie para que no cambie nada.

Centrar en estas reformas el debate sobre el binominal tiene otro gran inconveniente para la oposición y una gran ventaja para el oficialismo: quita dramatismo al resultado electoral parlamentario de noviembre próximo. Si la opinión pública se convence de que ya está en marcha el cambio del binominal para qué esforzarse por aumentar los “doblajes” parlamentarios en la próxima elección. Es sabido que un eventual gobierno de Bachelet requiere nueve “doblajes” (en rigor diez porque la derecha doblará en el distrito 23) si aspira a que su programa no quede empantanado en el parlamento. Se trata, sin duda, de un objetivo muy difícil de alcanzar, pero lo será más aún si el electorado no asume que esa es una tarea políticamente trascendente y, quizás, una de las últimas llaves que la propia institucionalidad proporciona para transformarse a sí misma. Si Bachelet no logra diez doblajes en noviembre, su gobierno se parecerá mucho más a un quinto gobierno de la Concertación que al de un nuevo ciclo como se viene prometiendo y la “nueva mayoría” quedará capturada y neutralizada–con Jackson y Vallejo incluidos—en el ya conocido laberinto de la república binominal por los próximos cuatro años.

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1 Comentario

  1. Una posible salida a la disyuntiva era una negociación amplia con todas las fuerzas sociales que se oponen a la derecha por ejemplo RD IA, y demases en la plantilla parlamentaria, esto no ocurrió o al parecer no se alcanzo consenso, por lo visto una nueva y amplia mayoría en el parlamento para Bachelet es una cosa incierta, ¿habrá algo de responsabilidad en los partidos políticos del arco opositor? o sólo una pedida en exceso de los otros grupos sociales que están corriendo por fuera de la nueva mayoría, el tiempo nos dirá si el binominal es realmente la contradicción principal.

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