Hacer memoria en democracia: hacia una política del trauma y la recuperación

Trauma y Recuperación

Quisiera proponer aquí que existen conexiones entre la experiencia psicoterapéutica del diagnóstico y la recuperación del trauma, y el contexto histórico-político de dicha experiencia. Por un lado, la experiencia individual del trauma se da en un contexto histórico-político-cultural determinado que crea las condiciones para dicha experiencia. Por otro lado, la experiencia del trauma no es solamente individual (aunque también lo es): una comunidad puede albergar en su historia hechos y experiencias traumáticas.

Sigo en estas reflexiones algunas de las ideas desarrolladas por Judith Herman en su libro Trauma y recuperación. Como superar las consecuencias de la violencia (Madrid: Espasa Calpe, 2004—original en inglés: Trauma and Recovery: The Aftermath of Violence–from Domestic Abuse to Political Terror, 1992).

El trauma psicológico es una experiencia padecida por los que no tienen poder, propone esta autora. En efecto, la situación traumática consiste precisamente en que hay una persona/una comunidad que enfrenta la experiencia de encontrarse totalmente indefensa frente a fuerzas que la sobrepasan en todo sentido. El trauma ocurre en una relación de poder. Y el poder en las relaciones humanas no es algo determinado azarosamente por características personales de los individuos que participan de una relación. Hay un contexto político y cultural que construye/sostiene esas relaciones de poder, que determina quien está arriba y quien abajo.

Si pensamos en las violaciones a los derechos humanos, constatamos que éstas se producen en una situación de desequilibrio de poder extrema: una persona tiene todo el poder, todo el control frente a la víctima que no tiene—en ese momento—nada de poder.

La experiencia traumática, entonces, es un asunto que no se puede abordar solo en una consulta psicológica. No es un asunto sólo psicológico (que también lo es): es (también) un asunto político.

La experiencia traumática

Vista desde el que la padece la experiencia traumática ocurre cuando ninguna acción es posible; ni resistir ni escapar. El sistema de autodefensa se ve totalmente sobrepasado, se desorganiza y aparece entonces una reacción defensiva, tal vez la última a la que es posible recurrir: la experiencia no queda en la memoria, no se registra.

Lo que suele ocurrir es lo siguiente: la persona traumatizada experimenta intensas emociones frente a ciertos estímulos pero no tiene un recuerdo claro del evento. O al revés: recuerda todo detalladamente pero no siente nada. En ambos casos se ha bloqueado el recuerdo de la experiencia, pues ésta está constituida por los hechos y las emociones suscitadas por esos hechos.

La memoria (y el olvido) son, entonces, piezas clave del trauma.

Pero olvidar no es suficiente para superar la experiencia traumática. Principalmente porque el olvido nunca es total y definitivo.

La persona afectada necesita articular una narración que de cuenta del trauma (que Hugo Vezzetti  describe como una «herida profunda al ideal fundacional de cualquier comunidad humana”). Sin narración la persona afectada tiende a permanecer en ese pasado traumático. No vive realmente en el presente. El presente se adelgaza, dicen algunos autores. Hay toda una energía psíquica que se invierte en mantener el recuerdo a raya. El desplazamiento de esta energía hacia el pasado desvitaliza el presente.

La recuperación del trauma: seguridad, recuerdo-duelo, reconexión

La recuperación, propone Herman, se desarrolla en tres etapas. La tarea principal de la primera etapa es la creación de condiciones de seguridad. La de la segunda etapa es recordar y hacer el duelo. La  de la tercera etapa es reconectarse con la vida cotidiana/con la comunidad a la que se pertenece.

Cuando el trauma está relacionado con hechos derivados de un golpe militar y una posterior dictadura –que de ese trauma estamos hablando–, es dable pensar que el retorno a la democracia debería ofrecer las condiciones mínimas de seguridad donde es posible empezar el proceso de recuperación. Ciertamente no es condición suficiente. Las transiciones a la democracia son procesos complejos y nuestra propia experiencia nos enseña que las condiciones para empezar a hablar, a nombrar el pasado traumático no se construyen de buenas a primeras. Para muchos, simplemente no se construyen.

Se trataría más bien de un “deber ser” de la democracia, que no siempre se alcanza. La vuelta a la democracia debería tener como una de sus consecuencias, la construcción de esas condiciones de seguridad (eso podría se parte de una política de la memoria).

Una vez establecidas esas condiciones de seguridad, la segunda etapa de la recuperación requiere reconstruir el evento traumático bajo la forma de una narración (reconstrucción de los hechos—nombrar los hechos, poner los hechos en palabras). Esto incluye también hablar sobre las relaciones importantes, los ideales y sueños, las luchas y conflictos existentes antes de que ocurriera el evento traumático (para el caso que nos interesa, encontramos un ejemplo de este momento de la narración en Album del ex-Chile 1970-1973 del poeta José Angel Cuevas ya hablaremos de este poderoso libro, en otra ocasión. Queda aquí mencionado para incitar a su lectura).

Pero la narración de los hechos traumáticos recién comienza. Es necesario incluir además la respuesta del sobreviviente y de las personas importantes en su vida frente a esos hechos. ¿Cómo reaccionó la familia? ¿Se habló de lo ocurrido? ¿O hubo silencio?—los eventos se hacen traumáticos—entre otras razones—por el silencio. ¿Y los amigos? En el caso de un trauma vinculado a un hecho político-social, que afecta al propio país importará también narrar/recordar cómo reaccionaron las figuras de autoridad, los líderes, los personajes simbólicamente importantes.

(El suicidio de Allende, carteles en la calle que decían “se busca” junto a las fotos de los hasta el día anterior líderes de la UP. Por lo mismo esos líderes buscando esconderse, asilándose algunos, sumergiéndose en la clandestinidad otros. Los compañeros de no nos moverán, ni con un golpe de estado, no nos moverán, atónitos, asustados, desorientados. Todo tu entorno desapareciendo: presos, desparecidos, asesinados. La soledad del sobreviviente. La culpa del sobreviviente de la que mucho se habla).

Pero tampoco es suficiente narrar lo que paso, hay que poner en palabras también cómo nos sentimos frente a lo ocurrido.

Tenemos, entonces, los hechos y las reacciones propias y de otros significativos frente a esos hechos.  Y todavía nos falta algo: revisar, explorar sistemáticamente el significado del evento traumático—qué significó para la persona que lo experimentó, para las personas que lo rodeaban. Pero si seguimos pensando en una memoria afectada por un trauma histórico entonces las preguntas a responder serán: ¿qué significó para la comunidad? Se hace necesario articular el sistema de valores y creencias que tenían los/as afectados y que el trauma destruyó. Para poder comprender plenamente lo ocurrido el sobreviviente necesita examinar preguntas de índole moral referidas a culpas y responsabilidades, y reconstruir un sistema de creencias que le otorgue sentido a su inmerecido sufrimiento.

(Aparecen preguntas como ¿por que a mí/nosotros? ¿Hice/hicimos algo para merecer esto? ¿Somos culpables de algo? ¿Tenemos responsabilidad sobre lo ocurrido? ¿Hay algo que deberíamos haber hecho diferente?)

(No hay una sola comunidad cuando pensamos en los hechos del golpe militar/la dictadura. Podemos pensar en el significado que tuvo para el país en su conjunto, pero ahí nos encontraremos con que parte del hecho traumático tiene que ver con que la idea de unidad que sostiene a cualquier nación se había puesto en máxima tensión. ¿Cómo narrar los eventos desde el punto de vista de la nación si para una parte de ella significó derrota  y para la otra, triunfo. ¿Es posible construir una “memoria nacional” que se refiera a hechos traumáticos y que otorgue sentido a todos los que la integran?

El punto de llegada de esta parte de la segunda etapa es la construcción de una nueva interpretación de la experiencia traumática que afirme la dignidad y el valor del/los sobrevivientes.

Pensemos en algunos hechos de la transición –o postdictadura: las comisiones, los informes de dichas comisiones, el museo de la memoria, los memoriales. Son intentos de contribuir al cumplimiento de esta etapa: se recogen testimonios, narraciones de lo ocurrido y se devuelve esto en Informes, Muestras, Exposiciones (el museo) que buscan articular una narración mayor que trascienda la experiencia individual Se busca “afirmar la dignidad y el valor de los sobrevivientes” ¿Se logra? ¿En alguna medida (de lo posible)? ¿Parcialmente tal vez?

Si ha sido posible narrar y reinterpretar lo narrado de una manera que afirme la dignidad y el valor de los/as sobrevivientes, llega el momento de hacer el duelo por la pérdida traumática. El trauma necesariamente trae consigo una perdida. Las personas pueden salir de la situación traumática físicamente ilesos pero perder las estructuras psicológicas internas que sostienen la relación de sí mismo con otros. Por esto la narración del trauma nos embarca en un profundo duelo. Como muchas de las pérdidas son invisibles o permanecen sin reconocimiento, los rituales de duelo que conocemos no nos sirven. No nos consuelan.

Enfrentaremos aquí la resistencia al duelo que puede tomar muchas formas: fantasías de resoluciones mágicas a través de la venganza, el perdón o la compensación.

Enfrentaremos también el hecho de que el duelo se acerca a su fin cuando el trauma deja de ser lo más importante o incluso la parte más interesante de nuestra vida. De buenas a primeras esto puede parecer una herejía: la persona traumatizada puede sentir que “traiciona” algo o a alguien si no dedica su vida entera a recordar y expresar el duelo por la pérdida. Pero parte de la recuperación consiste en que el trauma deje de ser la parte central de la propia historia de vida. No siempre es fácil que esto ocurra: a veces la experiencia traumática se ha transformado en una estructura de sentido de la propia vida, se ha instalado en el centro de nuestra identidad, nos define: soy una víctima de la dictadura. Podemos sentir que si superamos el trauma caeremos en un vacío. No podemos imaginar qué seremos si “eso” no es lo que define nuestra identidad. El duelo no es un trabajo sencillo, dado que por mucho que sea doloroso vivir enfocado/a en aquello que perdimos, puede parecer aún más doloroso aceptar la pérdida, traspasar el vértigo de dejar la experiencia dolorosa en el pasado y hacer todo eso que siempre se dice: rehacer la vida.

La tercera etapa del proceso de recuperación del trauma propuesta por Judith Herman es la de la reconexión: reconciliación con uno/a mismo/a, reconexión con otros/as, encuentro de una misión de sobreviviente, reconstrucción de un sentido de comunidad—de pertenencia a una comunidad.

Como todo concepto abstracto, nos advierte la autora, estas tres etapas de recuperación son una ficción útil que no debe ser tomada literalmente. Las tres etapas son un intento de simplificar y ordenar un proceso que es intrínsecamente turbulento y complejo. Sin embargo en el proceso de una recuperación exitosa, debería ser posible reconocer un desplazamiento gradual desde una situación de peligros impredecibles hacia una más segura, desde la disociación traumática hacia una memoria que recuerda, y desde la soledad y el asilamiento hacia la reconstrucción de los vínculos sociales.

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