Una categoría falaz y tradicionalmente conservadora ha sido la de “independiente de derecha”. Falaz porque se trata de hacer pasar un ejercicio sistemático de la política como si no lo fuera. No deja de ser curioso, por ejemplo, que en Chile un partido se denomine Unión Demócrata Independiente. ¿En que podría consistir la “independencia” de un partido político? Misterio.
Por el contrario, la definición de “independiente” ha sido históricamente extraña para las culturas de izquierda. El compromiso se medía justamente por la militancia. Pero los tiempos cambian y el discurso contra la política, aquí y ahora, no deja de ser adaptativo. No solo los partidos políticos están mal evaluados sino que la desconfianza se extiende hacia la política como totalidad. La mayoría de los liderazgos triunfantes en las recientes elecciones estudiantiles se han presentado cuidadosamente como “independientes de izquierda”. En este sentido, es posible que a la líder indiscutida del movimiento estudiantil de 2011 le haya jugado en contra no tanto su militancia comunista como su militancia a secas.
Tal vez la actual propensión a definirse como “independiente de izquierda” sea solo un fenómeno pasajero: una reafirmación de autonomía respecto de los actuales partidos o de la política realmente existente y no de la política misma. Sin embargo, no deja de observarse una cierta reticencia o duda metódica en estos nuevos colectivos no solo a entrar a la política tradicional sino al espacio político en sí, el cual como se sabe no se configura solo a partir de lo que uno quisiera ni con los actores que a uno le gustaría. Como diría Weber, la ambigüedad moral intrínseca de la política deriva de que quienes allí concurren están movidos por fines muy diversos que uno no conoce ni controla.
Es cierto que la política puede ser vista, ante todo, como una lucha por definirla: quiénes la hacen, con qué medios, en qué escenario. En este marco principios como independencia y autonomía pueden ser configuradores de identidad, pero cuando una política en aras de preservar una pureza casi metafísica no reconoce ni interlocutores ni aliados, su resultado más seguro será la infecundidad y el aislamiento político.
Las recientes elecciones universitarias han permitido visibilizar a un conjunto de grupos de izquierda poco conocidos que no forman parte de la escena político-institucional (NAU, NIU, FEL, Izquierda Autónoma, Impulsa y otros). Se trata de colectivos socio-políticos cuyos dirigentes son jóvenes pero cuyos movimientos algunos no lo son tanto, traen nuevas ideas y potentes intuiciones. Es probable que algunos de estos líderes y colectivos deriven hacia los partidos históricos de izquierda si estos son capaces de reformularse con rapidez y creatividad. La mayoría, sin embargo, seguramente va a converger hacia el intento de configurar “otra izquierda”, para lo cual tendrán como desafío superar sus propias desavenencias, trascender los límites de lo estudiantil e intentar avanzar hacia alguna forma de organización política. No es la primera vez que se propone una superación de los partidos y culturas clásicas de izquierda en Chile, particularmente de la comunista y la socialista. Anteriores esfuerzos no han tendido éxito aunque han dejado huellas. Pero la historia siempre está abierta, particularmente en los tiempos que corren.



