La ideología de la cercanía

5 minutos de lectura

El nombre de la rosa

Las sucesivas y misteriosas muertes que ocurren en la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, en una lejana y lóbrega abadía benedictina medieval, tienen su origen en un libro de incierta e improbable existencia atribuido a Aristóteles: un tratado sobre la comedia.

Un monje viejo y ciego, responsable de la gran biblioteca del monasterio, veía con lucidez y espanto que dicho texto, de difundirse para su lectura, entrañaba un grave peligro para el futuro: la burla y la risa humana, tarde o temprano, alcanzarían a Dios. Liberada la comedia, con todos sus posibles desarrollos y géneros -entre ellos la parodia- la risa terminaría un día por alcanzar lo más sagrado.

Ya sabemos que el mundo moderno no siguió los designios ni aprensiones de este monje medieval y que todo hoy puede ser objeto de risa y sorna. Así, es común e inevitable escuchar bromas e ironías sobre Dios (para algunos grupos musulmanes este no es un tema necesariamente zanjado, como bien lo sabe Salman Rushdie), o sobre la muerte o el amor, o valores tan nobles como la compasión y la solidaridad suelen ser objeto de mofa. Existe, incluso, una especial y curiosa propensión a hacer chistes y a reírse en los velorios y funerales.

En este marco de cosas, es difícil evitar que un Presidente de la República o alguna autoridad pública puedan liberarse de ser objeto de burlas, parodias o bromas más o menos crueles. El problema surge, como en este caso, cuando el comediante deja al descubierto con su rutina una realidad políticamente relevante: la devaluación de la institución presidencial, el vacío de los gestos y las palabras, la exagerada levedad de una manera de concebir y de hacer política.

Maquiavelo aconsejaba al príncipe lograr que lo quisieran o que le temieran, y como producir ambos sentimientos simultáneamente en el pueblo era un asunto difícil de obtener, era mejor optar por el temor. Pero el florentino hablaba en un mundo de súbditos más que de ciudadanos. Hoy, lo que corresponde al gobernante democrático es despertar otro sentimiento: el respeto.

Este se construye lentamente, no se hereda como el honor, y suele no ser de reconocimiento inmediato. Con frecuencia está asociado a una entrega desinteresada, comprometida y austera a una causa, a un cierto espíritu genuino de sacrificio que no lo transmite subsidiariamente ninguna estrategia de imagen. Un sentimiento más difícil de hacer nacer que el miedo o la pura simpatía, pero más duradero, profundo y, por sobre todo, republicano.

Conspira contra la construcción de este respeto democrático y republicano una cierta «ideología de la cercanía» que se ha instalado en el ambiente, que considera que el líder político debe siempre parecerse lo más posible «a la gente», hacer lo que ésta hace y, por sobre todo, nunca contradecirla. Se trata de una sobresimplificación de la idea de la empatía popular y que ha hecho del disfraz, la máscara y el sketch las formas y el contenido principal de la política de hoy en Chile.

Curiosamente, este affaire de la imitación del Presidente y la transformación de una rutina humorística en un problema de política nacional se puede cerrar con un saldo positivo: ciudadanos más escépticos, mucho más desconfiados de las «parodias de la cercanía» y  de los simulacros de representación que los políticos -de todo el espectro- creen que deben realizar para ser más populares y para llevar adelante su propia tarea. Una pequeña aunque significativa herida en el ala -curiosamente de la mano del humor y no de alguna ciencia social- a la política como mero espectáculo.

Comparte este artículo