Nuevos desafíos para avanzar en autonomía económica de las mujeres

Este 8 de marzo tenemos mucho que celebrar. El 2018 hubo una explosión feminista que puso las demandas de las mujeres en primer plano, y las históricas reivindicaciones y luchas por la igualdad y los derechos han sido ampliamente difundidas y apropiadas por la ciudadanía. Esto nos alegra, pero también nos desafía, ya que la presencia no significa necesariamente avances concretos en todas las áreas, y en el ámbito del trabajo y la autonomía económica, nuestro país está aún al debe.

La relación entre las mujeres y el trabajo es una de las áreas donde se hace más evidente la desigualdad de género, enfrentando las mujeres un conjunto de barreras para una plena inserción en el mundo del trabajo, al mismo tiempo que persisten una serie de brechas tanto en materia salarial, de seguridad social, capacitación, entre otras.

Estas tienen su origen en la división sexual del trabajo, la que otorga el espacio productivo a los hombres y reproductivo a las mujeres, depositando en ellas las tareas de cuidado de otros y de trabajo doméstico, situándolas en roles predeterminados que no permiten un desarrollo integral. Por otra parte, la segmentación ocupacional produce que las mujeres se concentren en trabajos que son proyección de los roles tradicionales, poco valorados y por ende peor remunerados. La maternidad también se constituye en una barrera importante en la inserción laboral, ya que a pesar de los estudios y constataciones que desmienten esta opinión, se siguen considerando a las mujeres como trabajadoras “más caras” y con mayor ausentismo laboral.

La tasa de participación femenina en el país ha experimentado un incremento en las últimas décadas. Así, mientras en 1997 era de 34.6%, en 2011 alcanzó 47.8% y en la actualidad, según la encuesta Casen 2017 se ubica en 48,9%. En cambio, la tasa de participación masculina se ha contraído, observándose una tendencia decreciente desde 1998. La combinación de estos comportamientos ha resultado en un incremento neto de la participación laboral nacional, en los últimos 10 años, que es eminentemente ‘femenino’.

En materia de brechas, las mujeres presentan mayores tasas de desocupación, según el INE 7,4%, mientras la de los hombres es de 6,9 % (agosto-octubre 2018), de capacitación, de seguridad social y la más compleja la brecha salarial, en términos generales tomando en cuenta el volumen de remuneraciones las mujeres ganan en promedio un 29.3% menos que los hombres (INE), y según el ranking de la OCDE Chile ocupa el cuarto lugar en mayor brecha salarial. Estas cifras son una pequeña muestra de la desigualdad laboral de las mujeres, a las que se podrían sumar otras situaciones que precarizan su inserción en el mundo del trabajo, como las bajas remuneraciones y la informalidad, configurándose un cuadro que es necesario cambiar.

No cabe duda que la autonomía económica de las mujeres, la capacidad de generar ingresos propios es un aspecto fundamental en la lucha por la igualdad. Sin embargo, dadas las condiciones existentes, cada vez es más difícil para las mujeres acceder a un trabajo decente. Por ello, es importante generar políticas que atiendan en forma responsable estas necesidades: sistema de cuidado integral; sala cuna con cobertura universal, no solo para mujeres; valorización de las tareas de cuidado y promoción de la corresponsabilidad.

En el plano de la capacitación, se requiere un programa de formación pertinente que continúe lo iniciado en el gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet Jeria con el programa Más Capaz, que focalizaba su esfuerzo en la inserción laboral de mujeres, jóvenes y personas en situación de discapacidad, junto con un sistema de intermediación que sea eficiente en juntar la oferta con la demanda.

Hay mucho que avanzar para lograr una plena inserción de las mujeres al mercado laboral, permitiéndoles contar con herramientas para el desarrollo de sus planes, sueños y expectativas de desarrollo, pero este avance debe ir acompañado por un movimiento sindical fuerte y articulado que ponga al centro estas problemáticas, fortaleciendo los liderazgos de las mujeres trabajadoras y promover su participación.

Como mujeres socialistas enfrentamos el gran desafío de poner al centro las reivindicaciones de las mujeres en materia de trabajo desde una perspectiva progresista y de cambio verdadero atacando las estructuras que generan la desigualdad, cuestionando el modelo de desarrollo y buscando una nueva forma de relacionamiento entre hombres y mujeres que apunte a desmontar el sistema patriarcal para lograr avanzar en igualdad de género.

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