El dilema DC

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Ernesto Águila

Leer la declaración “Progresismo sin progreso: ¿El legado de la Nueva Mayoría?” de un grupo de militantes de la Democracia Cristiana (Mariana Aylwin, Aninat y otros) y luego contrastarla con la respuesta “¡Fuerte y claro!: La DC con las Reformas”, suscrita por otros militantes y once diputados (Yasna Provoste, Rincón y otros), permite observar no solo diferencias políticas de fondo sobre la contingencia sino dos mundos de referencias simbólicas y doctrinarias.

Una lectura atenta del documento “Progresismo sin progreso”, permite concluir que se ha configurado y consolidado un sector en la DC que ha releído y reinterpretado la tradición socialcristiana en clave neoliberal. No queda en este planteamiento ningún atisbo de comunitarismo, ni de la tradición obrera católica (el sindicalismo es visto como un grupo de presión más). Especialmente decidora es la reivindicación del rol que habría jugado el “Estado subsidiario” en el progreso del país en los últimos años. Este sector de la DC no pareciera ver la necesidad de diferenciarse de la concepción de subsidiariedad construida por Jaime Guzmán, quien amalgamó la doctrina social católica con el neoliberalismo y recondujo al mercado la realización de la llamada “libertad trascendente” del individuo. Esta concepción de subsidiariedad católica neoliberalizada quedó plasmada en la Declaración de Principios de la Junta Militar de 1974 y luego en la Constitución de 1980.

De esta transmutación neoliberal se desprende la adhesión de este sector a un Estado retraído (ni asomo del socialcristianismo europeo constructor, junto con la socialdemocracia, del Estado de Bienestar); y a una identificación de su proyecto con la expansión y defensa de lo privado más que con el desarrollo republicano de la esfera pública. En lo más propiamente político destaca la insistente definición de la DC como fuerza de “centro”, bajo el supuesto -más propio de la “Guerra Fría”- de una sociedad polarizada y de creer que toda buena solución pasa siempre por una respuesta equidistante. Con acierto se ha caracterizado esta posición como “extremismo de centro”.

En contraste con este grupo, el otro sector de la DC expresa una clara pertenencia e identidad con la Nueva Mayoría y su programa ( “la unidad social y política del pueblo”). También cuestiona el rol “articulador” desde el centro político que debería cumplir la DC, al que califica de posición “bisagra”, y propone una comprensión de la DC como fuerza de transformación “nacional, popular y de vanguardia”.

En esta coyuntura ha quedado de manifiesto que no se puede seguir soslayando en el análisis la existencia de un influyente sector socialcristiano neoliberalizado que está marcando la impronta DC en esta etapa. Hasta ahora el sector más “comunitarista” se observa menos articulado e incidente. Sin duda, una alianza futura entre la izquierda y la DC –en un marco de acentuación de un programa de superación del neoliberalismo, y ya no de derrota de la dictadura o de consolidación democrática- se verá cada vez más tensionada por esta compleja y fracturada realidad interna de la DC.

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