A recuperar el conflicto

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GUILLERMO MARÍN Y RODRIGO FECCI Cientista Político y Egresado de Derecho. Ambos militantes socialistas.

Tras el acuerdo generado en el Senado para aprobar la reforma tributaria, se instaló en el debate público el mal ponderado concepto de “política de los consensos”, como si hiciéramos un flashback a los 90 y nuevamente se observara la pugna entre sectores radicales y moderados sobre cuánto avanzar y de qué forma.

Desde sectores moderados se argumenta que reformas como estas se deben impulsar con grandes acuerdos ampliando su base de apoyo, disminuyendo espacio para críticas y asegurando de esta manera su viabilidad. Mientras que desde sectores llamados más progresistas se argumenta que es imposible hacer transformaciones importantes en nuestra institucionalidad por la vía de los grandes acuerdos con la derecha. Esta paradoja, de cuánto avanzar, de qué forma y con quiénes, ha sido frecuente en nuestro quehacer político. Se han barajado diferentes métodos: avanzar sin transar, avanzar en la medida de lo posible, transar sin avanzar, etc. Lo relevante de esta constante disyuntiva a lo largo de la historia, dice relación con el tipo de conducción política que se necesita para llevar a cabo un programa de grandes reformas en el marco de la democracia y de nuestra restrictiva institucionalidad.

Estamos en una etapa de nuestra historia institucional que se ha definido –tanto desde el campo intelectual como desde la élite en el poder– como el inicio de un nuevo ciclo político. Hipotéticamente, este ciclo se caracterizará por generar nuevas formas de hacer política, concebir un vínculo más estrecho entre el activismo y la institucionalidad, y con un programa de gobierno que contiene reformas estructurales que logren dar cuenta de las demandas instaladas por los movimientos ciudadanos, actores emergentes y gravitantes de estos últimos años.

Pues bien, todo este entramado para poder cumplir con sus objetivos requiere también de un nuevo ethos, de un cambio de paradigma en los métodos en que se genera un balance entre conflicto y acuerdo. El mensaje político del resultado de la negociación sobre la Reforma Tributaria en el Senado generó un ambiente de duda con respecto a si efectivamente se produjo un giro en el paradigma del periodo anterior caracterizado por la “la política de los consensos” y del “avanzar en la medida de posible”, neutralizando los espacios de conflicto y priorizando el acuerdo por sobre las definiciones propias de los partidos.

La politóloga belga Chantal Mouffe, al reflexionar sobre este asunto, propone una recuperación de las identidades de los partidos bajo el eje izquierda/derecha, no para volver a la lógica antagónica amigo/enemigo de los setenta, sino para transformar las democracias contemporáneas en regímenes donde se produzcan enfrentamientos agónicos entre adversarios políticos, sin perder de vista al otro y su derecho a participar, pero, a su vez, diferenciándose del otro mediante la radicalización de la identidades políticas.

Este punto de vista nos invita a reflexionar acerca de cómo verdaderamente perfeccionar nuestra democracia, de modo que en ella sean capaces de convivir de manera exitosa visiones diferentes e incluso contrapuestas sobre el mejor modelo de desarrollo para la sociedad, de manera que, luego de una verdadera deliberación de ideas y proyectos, la ciudadanía pueda optar por aquella que le parezca más adecuada.

Con esto no se castiga el acuerdo como ejercicio provechoso para las democracias, sino que, más bien, el acuerdo y la conformación de mayorías es parte del juego, sin embargo, este elemento no puede ser el único. La dimensión deliberativa es también un elemento fundamental. Cuando la política sólo se ocupa de apagar cualquier asomo de enfrentamiento, se pierde justamente la dimensión de las diferencias, pues la reticencia al conflicto hace que actores en juego cedan gran parte de sus posiciones para evitar llegar a niveles de enfrentamiento político más álgidos.

La revaloración del conflicto y de reconocer al otro como adversario es parte central del proceso de profundización y maduración democráticas, necesario para esta nueva etapa institucional. Es urgente que los actores políticos vuelvan a su ethos, que la ciudadanía logre identificar actores políticos diferentes, cada uno con sus particularidades, definiciones, historias y símbolos. Nuestra democracia no debe seguir en la senda de los partidos del orden y de los consensos arbitrarios y de espaldas a la ciudadanía, es necesario radicalizar nuestra democracia con más pluralismo, más debates y más inclusión, en especial en una coalición como la Nueva Mayoría, que pretende transformar a un país con mayorías sociopolíticas, en unidad y con diferentes.

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