Chile: política, relato y realidad

Fernando de Laire D.

El vínculo entre política, relato y realidad tiene complejidades y sutilezas que rara vez manejan los gobiernos obsesionados con la gestión y las cifras macroeconómicas. En gran medida, la derrota simbólica de Sebastián Piñera y de su gobierno –expresada en la debacle electoral de la Alianza y el prolongado ciclo de baja popularidad del mandatario y su  gabinete–, tiene su origen en una inadecuada comprensión y manejo de dichas complejidades y sutilezas. Ello se suma, desde luego, al déficit de conducción política per se, al mal manejo de los conflictos sociales y, sobre todo, a la falta de sintonía con un nuevo Chile cuyos parámetros culturales y nuevas demandas le escaparon y aún le escapan al grueso de la derecha criolla.

Seis dimensiones de análisis

Analíticamente, y para efectos pedagógicos, el vínculo entre política, relato y realidad  puede descomponerse en seis dimensiones articuladas entre sí[1].

En primer lugar, el relato de un gobierno, desde un punto de vista motivacional, tiene que encarnar una épica transformadora. Eso implica que debe sustentarse en valores importantes y metas estructurales capaces de movilizar a los adeptos y ampliar la frontera de los mismos en pos de un horizonte seductor, imprimiéndole un sentido de misión al quehacer del gobierno. En distintas latitudes y en distintas épocas, algunos contenidos clásicos de estas épicas transformadoras son y han sido el logro de la modernización, la (re)conquista de la democracia, dar el “salto al desarrollo”, “poner de pie a un país” después de una guerra o una gran catástrofe, “barrer con la corrupción”, lograr la reconciliación nacional luego de una cruenta guerra civil, etc.

Complemento importante: la épica transformadora debe apelar y conectar con la emocionalidad del oyente. ¿Cómo movilizar voluntades sin emocionar? ¿Cómo persuadir sin conmover?

En segundo lugar, la épica transformadora tiene que estar asociada a un proyecto político claro expresado en un programa serio que, en sus ejes sustantivos, debe ser fácilmente comprensible para la población. Otra manera de plantearlo es que un relato no es un eslogan de campaña, es mucho más que eso.

En tercer lugar, el relato tiene que tener un núcleo duro que sea una síntesis potente del proyecto que se está impulsando. Uno de los errores del actual gobierno fue oscilar permanentemente entre dos núcleos duros: por un lado, “El gobierno de los mejores”, de una arrogancia extrema y desmentido tempranamente por  los conflictos de interés y una serie de escándalos que, en la práctica, significaron el debilitamiento de instituciones permanentes como el SII, el INE y una verdadera demolición de la credibilidad de las cifras oficiales. No en vano el prestigioso Financial Times criticó en una editorial la desprolijidad en el manejo de las estadísticas por parte del actual gobierno y señaló que episodios “vergonzosos” como el del CENSO dejarían una mancha sobre la reputación del país. Podrían agregarse el fallido proceso de licitación de los Contratos Especiales de Operación del Litio y el reciente descalabro de la plataforma informática del Registro Civil. En definitiva, el test de la realidad fue vaciando de contenido el ambicioso núcleo del “Gobierno de los Mejores”.

Por otro lado, el gobierno de Piñera intentó también instalar como núcleo duro la idea de ser capaces de desarrollar “Una sociedad de oportunidades, de seguridades y de valores”. Sin duda, en contraste con el primero, éste tenía mayor potencial. De hecho, en tanto eslogan de la campaña con que la Alianza accedió a La Moneda en 2010, tuvo el mérito de “capturar” uno de los valores más importantes defendidos por la Concertación: la protección social (seguridades), equilibrándola además con un valor profundo de la derecha: potenciar las oportunidades como camino para emprender, para competir, para valerse por sí mismo. Ahora bien, en la tríada oportunidades – seguridades – valores, la idea de una “sociedad de valores” es más contradictoria, en tanto difícilmente hace sentido una coherencia o una identidad valórica en una coalición marcada por fuertes identidades conservadoras y liberales, que han coexistido en tensión permanente, lo que ha tenido su expresión más reciente en el acelerado desangramiento de las últimas semanas de Renovación Nacional.

En cuarto lugar, técnicamente, un relato tiene que ser expandible, lo que es de la esencia de todo discurso político. Eso significa que con ciertas ideas-fuerza que remiten al núcleo duro, cualquier buen orador o ghostwriter tiene que ser capaz de darle carne a las mismas, descendiendo hacia temas más micro, más específicos. En otros términos, el relato debe ser capaz de expresarse en el nivel sectorial de un ministerio o un servicio y hacer sentido por medio de medidas concretas que remitan al proyecto político general. En la práctica de elaboración discursiva, ya sea bajo una escritura previa o un ejercicio retórico improvisado, se produce un juego de expansión-contracción permanente: una vez que una autoridad o dirigente pronuncia un discurso, tiene que ser capaz de expandirse hacia lo específico y también volver al núcleo, especialmente con una conclusión motivadora que vuelva a enlazar con la épica transformadora y la emocionalidad.

En quinto lugar –y esto es fundamental– un buen relato debe ir coincidiendo en los hechos, debe plasmarse efectivamente en la realidad. Tiene que expresarse en iniciativas de ley exitosas, en transformaciones institucionales y sociales  que estén a la altura de la épica que se está tratando de hacer carne[2]. Esto es así no sólo por un prurito de coherencia, sino porque –por ejemplo– si después de anunciar grandes metas, las vamos restringiendo en virtud de criterios de focalización muy mezquinos, por más que dicha focalización sea entendible desde una lógica tecnocrática, el hecho va a quitarle peso al relato, cuando no a deslegitimarlo abiertamente. Las restricciones exageradas, obviamente, pueden hacerles sentido a los burócratas y a los think tanks afines, pero a las amplias audiencias, que son aquellas hacia quienes va dirigido el relato, van a provocarles frustración y van a considerar todo como un buen discurso, pero nada creíble. No hay que ser muy suspicaz para discernir que, en un grado importante, eso fue lo que le pasó al gobierno de Sebastián Piñera, con gran recurso a los superlativos en el discurso y a los diminutivos en los hechos.

En sexto lugar, un relato se impone más fácilmente cuando se corresponde con una coyuntura adecuada, con un período histórico donde ese relato hace pleno sentido. Esto exige claridad programática pero también flexibilidad política para adaptar la marcha y las prioridades del gobierno cuando un escenario emergente impone determinadas exigencias, y eso es plenamente comprendido por la sociedad (crisis económica, catástrofe natural, cierre abrupto de mercados a las exportaciones del país, etc.). Maquiavelo diría: ejercer la “virtud” para aprovechar la “fortuna” que el contexto político puede presentarnos intempestivamente.

Ahora bien, como es sabido, en el caso del primer gobierno de Michelle Bachelet, el relato que se fue consolidando con mucha fuerza fue el de la Protección Social. Programáticamente, lo que sus políticas profundizaban era un eje mayor de la coalición, impulsado desde los inicios de la transición, esto es: disminuir la deuda social heredada  de la dictadura y pasar de una lógica contributiva en materia de salud y previsión social, a una lógica de derechos, de ciudadanía social complementaria a la ciudadanía política[3]. Así, la materialización de la Reforma Previsional, a través del pilar solidario y de medidas pro equidad de género, tuvo un alto impacto para mucha gente sin o con escasa capacidad de ahorro para su vejez, e hizo sentido, con mucha fuerza, como encarnación de la épica de la protección social. Asimismo, entre la población más vulnerable y sectores de la clase media fue muy bien recibido el plan de protección a la infancia Chile Crece Contigo. Como además ese gobierno coincidió con la crisis económica global desatada por la caída de Lehman Brothers, los oportunos bonos de protección que se entregaron a los quintiles de más bajos ingresos permitieron reforzar el mensaje, darle coherencia global al relato y hacerlo consistente con los hechos, con la obra realizada.

Se produjo además un fenómeno curioso para algunos, pero propio de la política, directamente ligado al carisma de la Presidenta. El anudamiento entre una potente red de protección social y la imagen de esta “madre” protectora y cercana, se fundían conceptual y afectivamente en el eslogan “Estoy contigo”, que fue un eje central de la campaña presidencial y que, además, fue capaz de encarnar en el desarrollo de las transformaciones concretas del período de gobierno.

El déficit de la derecha en el gobierno

Volvamos al presente. Cuando ya quedan pocas semanas para el fin del gobierno de Sebastián Piñera, en la derecha han surgido autocríticas que han apuntado a aspectos centrales del problema tratado en esta columna. Por un lado, se ha apuntado a la arrogancia inicial enfrentada al test de la realidad. También a la inflación de expectativas versus resultados concretos, cuya expresión más sensible fue el mea culpa del ministro Chadwick frente a la ambiciosa promesa inicial del gobierno de poner fin a la delincuencia, con los resultados conocidos.

A lo largo de toda esta administración, personeros de derecha plantearon también críticas a lo que se llamó “déficits comunicacionales” del gobierno, el que no habría sido capaz de difundir los éxitos de su gestión, sobre todo en materia económica. Esa explicación peca de reduccionista y así lo han reconocido algunos de los personajes más lúcidos de la derecha, en tanto no se hace cargo del déficit de gestión política, al que ya hicimos referencia, ni tampoco del pésimo manejo de los conflictos sociales y la falta de sintonía con las nuevas demandas ciudadanas.

Si hubiera que destacar a dos personajes que sí tuvieron conciencia de las complejidades del vínculo entre política, relato y realidad, y a la necesidad de abordar adecuadamente este desafío, es insoslayable recordar los tempranos alegatos de Pablo Longueira sobre la carencia de relato del gobierno. No es casual que, en el pasado, Longueira haya sido tildado muchas veces de mesiánico. A este respecto, Longueira tiene un punto a su favor con su insistencia en el sentido de misión que debe tener la política, lo que remite al tema esencial de la épica transformadora que resaltáramos en la primera dimensión de nuestro análisis.

Más recientemente, Andrés Allamand, analizando las causas de la derrota de la derecha, se ha referido al déficit de relato y a la necesidad de actualizar uno para tener alguna posibilidad de recuperar el gobierno en 2017. En un documento reciente, en el marco de lo que define como las “cinco tareas para la centroderecha”, señala taxativamente: “Hay que realizar un proceso participativo para alcanzar un relato actualizado para la centroderecha, que reafirme sus principios y pueda más adelante plasmarse en una revitalización de su proyecto político y hacia el 2017 en un programa de gobierno. El debate acerca de la carencia de relato del actual gobierno nunca fue tomado en serio por las autoridades del mismo. Y las consecuencias están a la vista”[4].

Allamand constata también, en su análisis de la derrota presidencial de la derecha, que la actual oposición “logró enlazar hábilmente cinco elementos: un valor central propio de su identidad (la igualdad), la verbalización de un proyecto (“Chile de todos”), un programa condensado en una potente trilogía (nueva Constitución, reforma tributaria, gratuidad de la educación), una candidata acreditada, creíble, cercana y popular como fue Michelle Bachelet y una nueva y más amplia coalición para sustituir a la gastada Concertación, la Nueva Mayoría”[5].

Mirando al futuro

El segundo gobierno de Michelle Bachelet, ahora como representante de la Nueva Mayoría, aún no se despliega, de manera que el tema de su relato aún debe madurar y sin duda lo hará a medida que avance en su gestión. Sin embargo, ya existen elementos que hacen prever que el manejo de los vínculos entre política relato y realidad atenderá a sus complejidades. No sólo está la experiencia previa que ya refiriéramos. Están también perfilados con claridad los ejes de la épica transformadora, un proyecto político ambicioso expresado en un programa para un primer período, y algunos núcleos duros muy potentes que hacen sentido en el Chile actual.

Por razones de espacio no cabe entrar en un análisis detallado, pero cabe sintetizar algunos aspectos a partir de tres documentos clave: el Programa de Gobierno, el discurso de la llegada de Michelle Bachelet al país (Discurso de El Bosque)el discurso del triunfo el 15 de diciembre. En este corpus ya están presentes algunos elementos que quisiera destacar:

Primero, la invitación a un sueño, a un proyecto transformador de largo aliento: “Las transformaciones que realizaremos son el inicio de un proyecto transformador de largo plazo que apunta a hacer los cambios necesarios al modelo de desarrollo que ha tenido nuestro país” (Programa) y a un nuevo pacto social: una nueva Constitución, “nacida en democracia, que asegure más derechos ¡y que garantice que en el futuro la mayoría nunca más será acallada por una minoría! Una Constitución que se transforme en el pacto social, nuevo, moderno y renovado, que Chile demanda y necesita. Que sea la base de una nueva relación entre las instituciones y la ciudadanía” (Discurso del triunfo). ¿Pueden concebirse objetivos más estratégicos que modificar el modelo de desarrollo y refundar el pacto social? Es difícil, y ello habla de la magnitud y relevancia de la épica transformadora.

Segundo, un proyecto claro: “combatir la desigualdad”, materializar un “Chile de todos, en el que todos crecen y tienen espacio para desarrollar sus talentos” (Programa), un Chile que está en el momento de “dar el gran salto que necesitamos para crecer incluyendo, para incluir creciendo” (Programa). En el Discurso de El Bosque es donde Michelle Bachelet expresó por qué el combate a la desigualdad es el eje transversal de la tarea de la Nueva Mayoría: porque constituye “una fractura social ética y políticamente inaceptable” que, a juicio de la entonces candidata, se expresa de múltiples maneras: en las brechas salariales, en los abusos de algunas empresas que estafan a sus clientes, en la “letra chica” que afecta a millones de consumidores endeudados, en los cambios unilaterales de los planes de salud, en las regiones postergadas por el centralismo, en la persistente diferencia de salarios entre hombres y mujeres que hacen un mismo trabajo, en la impotencia de millones de trabajadores que no pueden negociar colectivamente en igualdad de condiciones con sus empleadores, en la brecha educacional que afecta a los niños de la educación municipal, en las condiciones de vida de los pueblos originarios y en la situación de la clase media que se siente desprotegida y se ve afectada por altos pagos en educación, vivienda y salud. La viga maestra del combate a la desigualdad, por tanto, constituye un poderoso vector para el despliegue del relato y la acción del futuro gobierno.

Tercero, cabe destacar que, por sí mismas, las tres reformas mayores que plantea el programa pueden operar también como núcleos duros para el despliegue del relato. La reforma a la Constitución implica refundar el pacto social y da pie a una idea-fuerza estratégica: la profundización democrática. La reforma tributaria remite a la idea de mayor justicia social, como fundamento de una lógica de derechos. Por último, la reforma educacional apunta a combatir una de las raíces clave de la desigualdad.

Cuarto, todo lo anterior está expuesto y reiterado con un sentido de urgencia: estamos ante un nuevo ciclo político y social, y “es tiempo de ponernos en marcha”; “Están las condiciones económicas, la condiciones sociales, las condiciones políticas. ¡Ahora es el momento! ¡Chile: ahora, por fin es el momento!” (Discurso del triunfo). “Es tiempo, es urgente, es importante. Debemos vencer la desigualdad en nuestro país. Debemos combatir la desigualdad con decisión. Y eso debe ser, a todo nivel, nuestra gran prioridad” (Discurso de El Bosque).

Por último, me parece relevante destacar el tono y la posición desde la que hablaba la candidata, luego Presidenta electa. Partiendo de la base que el programa se construyó en un diálogo permanente con la ciudadanía, recorriendo Chile (en oposición a la lógica Tantauco), durante la campaña y a la hora del triunfo se recalcó la idea del liderazgo como expresión de un mandato colectivo: “Debemos marcarnos un nuevo destino. Yo estoy al servicio de ese destino. Estoy al servicio de ustedes, compatriotas y mandantes”; “La victoria de esta jornada no es personal: es un sueño colectivo el que triunfa”. En el contexto de un debate donde la marca de la arrogancia del gobierno que termina ha sido subrayada, la posición desde la cual asume su discurso Bachelet –mandataria pero con conciencia de sermandatada– es significativa. No sólo es un signo de humildad.  Empalma además con uno de los sentidos más profundos que está detrás del proyecto de cambio de la Constitución: el pueblo es el soberano.

Como conclusión de orden general, más allá de los aspectos técnicos que no deben perderse de vista, resulta fundamental que un relato de gobierno se asocie a una épica transformadora que haga sentido a la población y que se exprese en un programa potente que se vaya concretando en los hechos. Si el relato coincide además con las necesidades históricas del momento y el carisma de la autoridad se hace uno con ese relato, sin duda, las probabilidades de éxito de esa administración tenderán a ser favorables. El test de la realidad, en todo caso, urbi et orbi, es el más importante y decisivo.

[1] Sintetiza aspectos desarrollados en mi curso “Metodologías cualitativas para el análisis del discurso público”, en el Magíster en Gestión y Políticas Públicas del Departamento de Ingeniería Industrial de la Universidad de Chile.

[2] Existe conciencia en toda la élite de centroizquierda que ese será uno de los grandes desafíos de la Nueva Mayoría, cuyo programa plantea ambiciosas reformas estructurales, en sintonía con la amplia demanda de cambios que se ha expresado en la sociedad en los últimos años.

[3] Durante la primera década de los gobiernos de la Concertación el eje de la política social estuvo centrado en el combate a la pobreza y la indigencia, con éxitos significativos en esa materia. Posteriormente, en el gobierno de Ricardo Lagos comienza a perfilarse con más claridad la lógica de derechos, con la creación del Plan Auge. Pero es en el gobierno de Michelle Bachelet cuando surge con fuerza el debate en la centroizquierda sobre la necesidad de avanzar hacia un Estado social y democrático de derechos, que termina potenciándose con la irrupción de los movimientos sociales durante la administración Piñera y la instalación en la sociedad de una profunda crítica al modelo y a un orden constitucional basado en el principio de subisidiariedad.

[4] “¿Cómo salir adelante”, presentación de Andrés Allamand ante el cónclave de RN del 18 de enero de 2014, adelantado por El Mercurio del domingo 12 de enero de 2014, sección Reportajes, página D12. El subrayado es nuestro.

[5] Ibíd., página D12.

Fotografía: Flickr / UNclimatechange bajo licencia Creative Commons

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