Entre el aprendizaje y el trauma

Golpe de Estado 1973

El 11 de septiembre de 1973 además de una derrota histórica para la izquierda fue un acontecimiento traumático. Los traumas, a veces, se pueden elaborar pero, en general, permanecen como parte de un pasado que no evoluciona y por lo mismo siempre está, paradojalmente, actualizado. Estos mantienen una intensa carga emocional escindida de la experiencia y acechan como posibilidad, como “eterno retorno”, frente a los hechos del presente por más que estos tengan ya poco que ver con ese pasado.

En torno al 11, hasta hoy, todavía dan vuelta entre dos a tres generaciones. Desde los que estaban en la primera línea de la política en ese momento hasta los que por entonces eran adolescentes o niños pero igualmente vivieron o se vieron involucrados vitalmente en esa etapa y en los años siguientes. La generación mayor ha comenzado a salir de escena pero las siguientes pertenecen a los que hoy ocupan importantes cargos políticos.

¿Ha tenido la política chilena de los años 90 hasta el día de hoy un componente que nace no solo de la reflexión crítica de las experiencias y aprendizajes del quiebre del 73 sino también de los traumas asociados a este? Sí, es imposible que hubiese sido de otra manera ¿En qué se ha expresado este componente traumático de nuestra política? Difícil de discernir porque, tanto en la experiencia individual como colectiva, no es fácil separar un genuino aprendizaje de lo propiamente traumático.

Si intentáramos una microcirugía analítica tal vez podríamos aislar como uno de los componentes de la política de la postdictadura más condicionado por lo traumático, la excesiva “aversión al riesgo”, o más precisamente a la “conflictividad”, con que fue conducida nuestra transición política. Es como si ese “pasado detenido” donde habita lo traumático –los días previos al 11, el día del golpe, los años siguientes- pudiera regresar en cualquier momento, y en los acontecimientos y conflictos del presente estuviesen inscritas las señales de ese retorno. Como si  en cada desavenencia nacional estuviese en juego la posibilidad del desplome de la República y la necesidad de actuar esta vez –la  fantasía rectificadora- de una manera distinta para evitar, ahora sí, el derrumbe.

Tal vez la profunda escisión generacional que se ha venido produciendo en nuestra sociedad tenga que ver, en buena parte, con la irrupción de una nueva generación que ya no trae consigo esta carga emocional traumática. Esto no significa que las generaciones más jóvenes se hayan desvinculado del pasado, por el contrario, sus integrantes suelen ser, en ocasiones, mucho más tajantes en sus juicios históricos que sus predecesores. Para gran parte de ellos este pasado es, simplemente, “cosa juzgada”.

A la generación mayor le queda intentar traspasar una memoria histórica y ciertos aprendizajes, pero haciendo un serio esfuerzo para no contaminar la política actual con el trauma del riesgo inminente de la eterna repetición del pasado, ni menos con esas perturbadoras y  destructivas emociones que surgen de la culpabilidad del sobreviviente y de la identificación con el agresor que marcan, según se ha estudiado, las experiencias del trauma político. Después de todo, cada generación tiene derecho a construir su particular historia y a crear y vivir sus propios insomnios.

Start typing and press Enter to search