El vals del No (II)

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Sabis que NO

Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo «tal y como verdaderamente ha sido». Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro (…). El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a los que lo reciben. En ambos casos es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante. Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la historia (Tesis 6)

¿Cómo representar el acontecimiento del plebiscito del 5 de octubre de 1988? ¿Cómo narrar el triunfo de la opción No (a la continuidad de Pinochet en el poder)? ¿Cómo “articular históricamente [ese] pasado”? (Ver aquí la primera parte de este artículo sobre la película No (2012) dirigida por Pablo Larraín)

La película de Larraín no hace sino ilustrar la imposibilidad de conocer el pasado “tal y como verdaderamente ha sido” como nos advierte Benjamin en sus Tesis de filosofía de la historia. Sin embargo, no podemos decir que se “[adueñe] de un recuerdo” de manera tal de lograr eludir el “peligro” de “prestarse a ser instrumento de la clase dominante” que, según Benjamin, acecharía a toda articulación histórica del pasado.

Resulta evidente que no toda “articulación histórica del pasado” responde al interés en no “prestarse a ser instrumento de la clase dominante”. Esto último solo es visto como “peligro” por quienes están comprometidos, en el presente, con los muchas veces vencidos y por ende desaparecidos de la Historia. Estos son los que, para seguir con la terminología de Benjamin, se aproximan al pasado para hacer “saltar el continuum de la historia”, iluminando zonas de ese pasado que permitan reconocer las posibilidades “revolucionarias” contenidas en el presente. La historia, insisto, para quienes se identifican con los vencidos, no es una lineal sucesión de hechos ocurridos en un “tiempo homogéneo y vacío” sino un acontecer de “tiempo-ahora” (un tiempo pasado que se funde con el presente, un pasado que, por decirlo de alguna manera, irrumpe en el presente—saltando del continuum de la historia–, animando a los vencidos de hoy a retomar la lucha ahí donde sus predecesores fueron derrotados). De esta manera, la derrota del pasado se vuelve motor de las luchas del presente.

¿Constituye la narrativa del pasado que se articula en la película de Larraín una “interrupción del continuum de la historia”? ¿Ilumina acaso las potencialidades revolucionarias del presente? Por supuesto que no. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Elude con éxito el “peligro” de “prestarse a ser instrumento de la clase dominante”? Tampoco. Pero es evidente que ese “peligro” nunca estuvo en las preocupaciones de sus creadores y productores, y esto es así porque estos adoptaron la perspectiva de los “vencedores”. Haber adoptado esta perspectiva no es la consecuencia “natural” de un a priori dado por la biografía del director o de sus colaboradores. No se trata de eso. No se necesita haber nacido en cuna de derecha para adoptar la perspectiva de los vencedores. Le puede pasar a cualquiera.

Nos damos cuenta, entonces, de que lo que falta es la “visión de los vencidos”.

Los vencidos, que nadie se confunda, no son los partidarios del Sí.

Los “vencidos” son los que creyeron (o quisieron creer aun cuando hubiera muchas señas de que esto no era así) que derrocaban (con un lápiz) a una dictadura y que con ello, en el corto plazo, se desmantelaría su modelo económico y su institucionalidad. Los que deseaban que la “vuelta a la democracia” conllevara una profundización de ésta. Los que creyeron que habría condiciones favorables para la realización de grandes cambios culturales. Los que pensaron que el movimiento social articulado en torno al No, las organizaciones populares y los movimientos sociales, culturales y políticos que se gestaron durante la dictadura continuaría desarrollándose en las nuevas condiciones democráticas y se constituirían en un actor decisivo en el diseño de la transición.

Nada de este trasfondo de “vencidos” aparece en la película de Larraín (y si aparece alguien que pudiera relacionarse con ese trasfondo, lo hace solo para recordarnos su carácter de “vencido”—la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, el político que se retira indignado al ver la propuesta de publicidad de la Franja del No, la ex pareja del publicista que protagoniza la película, quienquiera que hayan sido los creadores de una propuesta anterior a la del publicista-jovencito de la película, centrada en la denuncia y con música de Inti-Illimani de fondo; todos un poco ridículos, desubicados, anclados en el pasado, equivocados.

¿Significa esto que la película del No constituye un “desvío de la verdad histórica” como ha señalado Raquel Olea o “una total tergiversación histórica”, como ha sostenido Manuel A. Garretón? No necesariamente. Lo que sí ocurre es que “articula el pasado histórico” de manera tal que ese momento de movilización y organización popular, que también existió, no se constituye en “tiempo-ahora” del que podrían apropiarse para utilizarlo a su favor, por ejemplo, el movimiento estudiantil, las movilizaciones ciudadanas de regiones y otras expresiones afines del presente: “Así la antigua Roma fue para Robespierre un pasado cargado de «tiempo – ahora» que él hacía saltar del continuum de la historia. La Revolución francesa se entendió a sí misma como una Roma que retorna”, propone Benjamin en las ya citadas Tesis filosóficas sobre la historia.

No se trata, entonces, de discutir acerca de qué fue más importante para alcanzar el triunfo de la opción No en el plebiscito: una campaña publicitaria o “el peso de la lucha de un pueblo” (R. Olea). Tampoco tendría sentido reprocharle a la película sus “omisiones” o supuestas “tergiversaciones”. Cualquier película que se haga sobre el pasado histórico omitirá (y, al hacerlo, en cierto modo, tergiversará). La diferencia radicará en a favor de quien lo hace.

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