Estadio seguro: ¿sin violencia en los estadios?

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Estadio Seguro

Por Diego Sazo M., Ballotage.cl.

Más allá del holgado resultado, el último superclásico del fútbol chileno también quedará en los registros por ser la primera prueba de fuego para el Programa Estadio Seguro. En pocas palabras, este plan ―anunciado por el gobierno en abril de 2011 pero aplicado este año tras la ocurrencia de graves incidentes― se propone erradicar definitivamente la violencia en los reductos deportivos a través de i) la reforma a la Ley de Violencia en los estadios, ii) la penalización efectiva de faltas y delitos y iii) el combate a la organización formal de las barras bravas.

Con todo, el aspecto que ha generado mayor polémica ha sido la prohibición del ingreso de bombos, lienzos, papel picado y fuegos artificiales al estadio. También la “recomendación” de prohibir permanecer de pie durante los partidos. Todo esto ha sido considerado por muchos como un atentado a las prácticas habituales que caracterizan el espectáculo del fútbol.

Si bien se puede aplaudir la voluntad del gobierno por afrontar un problema serio que se arrastra por décadas, lo cierto es que la disposición de “tolerancia cero” apunta en el sentido equivocado. ¿Por qué? Principalmente, porque no se identifica la naturaleza real del conflicto y se desgastan recursos al tratar de sancionar elementos que son accesorios al problema de fondo.

El estadio es uno de los espacios públicos más representativos de la sociedad, por cuanto en él se expresan las mismas lógicas y estructuras del sistema social: convivencia de identidades múltiples, mecanismos de control desde la autoridad, segmentación y calidad del servicio según criterios económicos, sentimiento de comunidad, manifestaciones de júbilo y situaciones de descontrol. Por tanto, toda expresión sistemática de violencia en los estadios será el indicativo de un conflicto no resuelto al interior de la sociedad, que trasciende el simple vandalismo y el resentimiento del lumpen.

¿Qué está ocurriendo en el caso chileno?

Tal parece que existe un grupo social excluido, con severo déficit educacional y falta de oportunidades, que canaliza domingo a domingo sus malestares y frustraciones en el aliento a sus equipos de fútbol. A dicho panorama contribuye una legislación permisiva que no sanciona rigurosamente este tipo de hechos, incentivando la acción de los agresores. En este contexto han emergido organizaciones que han profesionalizado el descontento (barras bravas), valiéndose de instrumentos que históricamente han sido utilizados por el “hincha anónimo” para animar el espectáculo, pero que ahora parecen de su monopolio.

De este modo el gobierno se ha confundido en la elaboración del diagnóstico del problema, pues ha vinculado directamente a las barras bravas (y sus acciones hostiles) con la utilización de lienzos, papel picado y fuegos artificiales. En su defensa, el Ejecutivo ha dicho que en el caso europeo se prohibió este tipo de situaciones y el resultado fue exitoso. Pero según nos ha mostrado la historia insistentemente, por muy foráneas y novedosas que sean, las recetas mágicas no existen, por lo que cualquier disposición debe incorporar las condiciones de la realidad en que se inscribe.

En Sudamérica el fútbol es pasión de multitudes, el deporte más popular, el que representa la “recuperación semanal de la infancia”, donde cada partido supone una fiesta de ritmos, cánticos y banderas alzadas, se gane o se pierda. Algo hay de nuestra naturaleza más primitiva, pues el fútbol es “terriblemente humano”. Por ello, la presencia del público es un factor central, formando parte constitutiva del espectáculo que se protagoniza dentro del campo de juego. Así, el intento por suprimir las expresiones de festividad de los espectadores, atenta directamente contra el bien que se está pretendiendo cautelar: el fútbol.

Es curioso, pero quienes más celebran el plan de “tolerancia cero” suelen ser aquellos que prefieren disfrutar del espectáculo a través de la televisión. En cambio, para los que somos asiduos al estadio, sabemos que la criminalización de este tipo de ritos supondrá un duro golpe a los hinchas, pues la válvula de escape dominical estará bloqueada, impidiendo nuestras expresiones de alegría, tristeza, rabia o incluso indiferencia. Por eso el gobierno, antes de pretender tratar la asistencia al estadio como la visita a un cine, debiera preocuparse de estrategias de largo plazo y que apunten a una mayor efectividad en el objetivo planteado. Su interés debiera estar en combatir la naturaleza de los actos violentos en nuestra sociedad: el bajo capital social, los altos niveles de exclusión y desigualdad, las falencias en la calidad de la educación, la falta de oportunidades, las limitaciones de la Ley de Violencia en los Estadios, el financiamiento de las barras bravas y sus vínculos con los clubes deportivos, entre otros. Y también el cumplimiento efectivo de la ley en los casos que corresponda.

Atención autoridades: todo indica que esos son los factores que realmente están empañando al fútbol como espectáculo. No así el bombo, el papel picado y los juegos de artificio, que son los invitados ineludibles de la fiesta.

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