La movilización social: ¿un actor relevante el 2011?

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Protestas Chile

Mientras el país va saliendo, poco a poco, de febrero, la siempre abrupta llegada de marzo suele devolver al país a la realidad sin mucha transición y parsimonia.

Marzo parece venir bastante cargado en lo que a conflictividad social se refiere: las alzas de Transantiago, las creciente efervescencia en torno a la reconstrucción post terremoto, la aprobación de la central termoeléctrica Castilla, el problema latente del gas en Magallanes, los problemas no resueltos en educación, etc. Pero, más allá, de los conflictos concretos se observar un mayor grado de organización y movilización social –muchas de ellas estructuradas y convocadas de manera inédita desde las llamadas “redes sociales”-.

También se ha producido el aprendizaje ciudadano de que sin presión social no es posible formular cambios, ello a partir de las experiencias de Punta Choros y de la movilización en Magallanes. En este sentido, aparece como poco funcional el sistema político para canalizar, representar y resolver la conflictividad social.

Lo anterior puede significar que la variable “movilización social” que no ha estado presente con especial fuerza o lo ha hecho de manera solo episódica en los últimos años –como la protesta de los subcontratistas de Codelco o la mítica “revolución pingüina”- emerja con fuerza este año y se convierta en un actor nuevo en el escenario político nacional.

Para los partidos de la centroizquierda esta irrupción de los actores sociales en la escena política plantea claros desafíos, particularmente por su larga desconexión con estos y su burocratizada relación, producto de 20 años en el Estado. Se ha producido así una desconfianza profunda entre los movimientos sociales y la centroizquierda, que no será fácil de superar en el corto plazo.

Lo más sabio para la centroizquierda es no intentar ponerse a la cabeza de estas movilizaciones sino mas bien acompañarlas respetuosa y humildemente, mas en señal de aprendizaje que de liderazgo.

Para la derecha en el gobierno, el asunto es más complejo, porque carece de una “teoría” que valore positivamente a los actores sociales: siempre se trata de grupos corporativos o de presiones indebidas que alteran la pureza de las decisiones técnicas. No hay en la derecha un pensamiento que signifique reconocer un valor positivo en la participación y en la voz de los actores sociales movilizados.

Este año plantea grandes desafíos para el gobierno y la oposición. Cada uno ha trazado sus planes y estrategias. Sin embargo, se pueden encontrar con una visita inesperada: la irrupción de una conflictividad social fuerte y masiva, para lo cual el sistema y los actores políticos tienen, por ahora, pocas herramientas para intentar acoger y canalizar en términos institucionales.

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