El ex Presidente Martín Torrijos analiza los desafíos futuros de la centro-izquierda en América Latina y el Caribe

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En el marco de la última reunión del Comité de la Internacional Socialista para América Latina y el Caribe, realizada en Buenos Aires el 9 de Abril recién pasado, Martín Torrijos pronunció uno de los discursos inaugurales de este encuentro, cuyo principal objetivo fue discutir sobre la crisis financiera global, el rol del Estado y la situación de la democracia y la desigualdad social en la región.

A continuación, ponemos a disposición de nuestros lectores el texto integro del discurso de Martín Torrijos, ex Presidente de Panamá y actual miembro del Comité de la Internacional Socialista para una Sociedad Sustentable.

Compañero Secretario General,
Apreciadas compañeras y compañeros:

Antes de entrar en materia, desearía que recordemos a nuestros hermanos y hermanas devastados por las fuerzas indómitas de la naturaleza. Pido que dediquemos un minuto de silencio a nuestros queridos pueblos de Haití y de Chile.

Que  el dolor, el sufrimiento y el coraje de nuestros hermanos nos acompañen hoy en nuestras reflexiones, para fortalecer nuestro indeclinable compromiso con la solidaridad.

Por otro lado, quisiera a nombre todos los compañeros, agradecer la hospitalidad de pueblo argentino y de nuestros anfitriones del Partido Radical y del Partido Socialista y decirles, en forma muy clara, que cuentan con toda nuestra solidaridad y respaldo ante el reclamo de la nación Argentina por la forma unilateral en que Inglaterra ha decidido explorar los recursos petroleros en las Islas Malvinas, contradiciendo incluso las disposiciones de las Naciones Unidas. Sepan que reconocemos como propia la reivindicación de que las islas Malvinas son parte integral del territorio Argentino y del patrimonio de su pueblo. Cuentan hoy y siempre con la solidaridad Latinoamericana y Caribeña.

Amigos todos:
Como sabemos, vivimos en un mundo que, si algo lo caracteriza, ha sido la constante velocidad con que la humanidad ha experimentado cambios.

Solo en 20 años, desde la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética y el campo del “socialismo real”, pasamos por los avatares de la “revolución conservadora”, así como de la entronización del orden mundial unipolar y del “pensamiento único” neoliberal. Donde se pensó que el mercado era capaz de resolverlo todo.

Todo esto sucedió, en medio de una revolución de la tecnología de la información, que no solo transformó las formas de producción, acortó distancias, nos dio acceso a mucha información y terminó por hacer más visibles e hirientes las grandes inequidades que aún persisten en este mundo globalizado.

La caída del Muro no significó, como muchos esperaban, el inmediato advenimiento universal de la democracia, el desarrollo y la paz, sino un camino inédito, problemático, con algunos problemas ya superados.

Como a muchos aquí les consta, la construcción de la democracia no ha sido fácil, pero sin duda ha registrado importantes avances. Y, como en todo proceso evolutivo, hay que estar vigilantes para consolidarla, para perfeccionarla y hasta para defenderla. Para asegurarnos que la misma también se entronice y se consolide en el campo de los organismos internacionales.

Tendríamos que reconocer que hoy el mundo se está haciendo más multipolar, como corresponde a la rica pluralidad de su naturaleza. La terminación del mundo unipolar contribuye a la formación de un mundo más democrático y equitativo, y hasta nos anima a prever una globalización más solidaria y factible, y a luchar por lograrla.

Por otra parte, se comprobó que el Consenso de Washington, impuesto casi a la fuerza y que tanto inestabilidad y frustración trajo a nuestros pueblos, no era la panacea.

Que el calentamiento global no es un mito y que si no actuamos con firmeza y determinación estamos arriesgando la propia existencia de la humanidad.

La crisis energética que vivimos puso en relieve el reto de ser no solo más eficientes en nuestros caminos hacia el desarrollo, sino que es inevitable invertir en el desarrollo de nuevas fuentes de energía, que sean accesibles tanto para los países del primer mundo como para los que aun luchamos por mejorar nuestras condiciones de existencia, aunque carezcamos de hidrocarburos.

Sumado a estos problemas de carácter global, es ineludible mencionar cómo, lo que inició con una crisis de los mercados financieros en  los países desarrollados, por su incapacidad de supervisar y corregir sus comportamientos, terminó afectando las economías con una recesión de impacto global. Sus consecuencias aún son inciertas y han condenado nuevamente a la pobreza, el desempleo y la desesperanza a millones de compatriotas en el mundo.

La receta de que supuestamente la mejor regulación es la que no existe, dio rienda suelta a la avaricia, desvinculando a los mercados financieros de la economía real, donde lo importante ya no fue financiar la producción de bienes y servicios con instrumentos financieros flexibles, sino colocar estos instrumentos para adquirir ganancias desproporcionadas. Se dio un  desborde incontrolable de la especulación financiera, se creyó que algunos bancos e industrias eran my grandes para dejarlas quebrar.

Se invirtió más en papeles aunque estos no generaran crecimiento económico, aunque no generaran progresos, aunque no fueran capaces de crear empleos y aun así crecimos, pero con Estados cada vez menos capaces para regular y dirigir  y, como si fuera poco, en medio de  una prédica que quería hacer ver que la política y los políticos ya habíamos pasado de moda, que lo sobresaliente era la anti política, los estados raquíticos con empresas fuertes.

Pero la realidad probó lo contrario, y ahora los estados salen a salvar industrias, a estimular economías, a regular. Tanto es así  que por un momento dado hasta al Presidente Obama lo matricularon en nuestra tribu, como socialdemócrata.

Está claro, después de la crisis, que la política y los políticos, somos indispensables, siempre que seamos capaces de mantenernos a la vanguardia, que seamos capaces de interpretar los sentimientos y preocupaciones de nuestras sociedades, que seamos capaces de predecir y enmendar errores y darle fundadas esperanzas a nuestros jóvenes.

Quedó comprobado que un Estado fuerte es necesario y que un sano ejercicio de la política es indispensable.
Que el Estado puede y debe armonizar las sociedades nacionales con las fuerzas de la globalización, y solo la política democrática y participativa puede darle legitimidad y autoridad a la adecuada conducción de esos procesos.
Contar con un Estado fuerte y en forma, no implica repetir modelos que ya quedaron atrás porque en su tiempo tampoco fueron capaces de resolver  nuestras expectativas.

Un Estado fuerte para potenciar nuestras capacidades y nuestras economías exige seguridad jurídica, exige ética y transparencia tanto en  la gestión pública como privada. Exige  la capacidad para combatir el crimen organizado, y garantizar la seguridad que reclaman nuestros ciudadanos.

Necesitamos  un estado con la capacidad de garantizar que en toda época y circunstancia promovamos el interés social y el bien común.
Un Estado capaz de generar riquezas y distribuir  ingresos y oportunidades, para lograr no solo reducir pobreza, sino promover junto con las empresas y  la sociedad en su conjunto la equidad que trae bienestar, justicia estabilidad y progreso. Un Estado que arraigue en el pensamiento de nuestra gente que el mañana será mucho mejor que el ayer.

Ante esta realidad en América Latina, ahora nos toca repensar nuestras ideas y concepciones, aprender de  las prácticas que mejor nos permitirán aprovechar esta nueva oportunidad; siempre desde la óptica de la socialdemocracia, del socialismo democrático y de sus valores.
Con esto en mente, creo que el mayor reto es la necesidad de establecer un balance entre el Estado, la sociedad y el mercado, en el marco de un mundo globalizado.

Esto nos reta a revisar nuestros objetivos, sin abandonar nuestros principios, nos invita a flexibilizar los instrumentos a nuestro alcance como naciones en desarrollo, que merecen y reclaman un futuro mejor.

Y para ese reto, qué bueno poder contar en esta gran familia socialdemócrata con tanta diversidad, con su rica pluralidad. Qué bueno que podamos compartir experiencias, algunas exitosas otras desafortunadas, que podamos observar cómo algunos de nuestros hermanos discuten cómo hacer sustentable el Estado de Bienestar, mientras otros todavía no hemos sido capaces de salir del estado de  de malestar en que aún nos encontramos, y de la incertidumbre que esto acarrea.

Qué grande es esta organización política y cuán solidarios sus miembros. Sorprendería a muchos saber que aunque algunos de nuestros hermanos ya han transitado con éxito el camino hacia el bienestar y progreso compartido, nunca se han olvidado de la mayoría de sus hermanos que buscan nuevas formulas para resolver viejos problemas, como la pobreza y las  desigualdades sociales.

Comparten además nuestra historia, pero sobre todo comparten con nosotros los desafíos del futuro y los retos del presente.

¿Cómo insertarnos con éxito en la economía mundial?, ¿Cómo fomentar políticas públicas que estimulen el crecimiento económico, con generación de empleos, bien remunerados? ¿Cómo dejamos de ser países que compiten para ver quien ofrece mano de obra más barata?
¿Cómo lograr universalizar los  servicios básicos y de calidad  para todos los ciudadanos? Y acabar con las exclusiones y marginaciones.
¿Cómo dentro de nuestros principios social demócratas somos capaces de  mejor nuestros sistemas educativos, nuestros sistemas de salubridad, de capacitación tecnológica?
¿Cómo hacemos para que al grueso de nuestra población no le resulte inalcanzable la revolución de las nuevas tecnologías de la información que transforma a nuestro mundo?
¿Cómo atendemos los nuevos desafíos de los sistemas de protección social¸ donde se aumenta las expectativas de vida, y se convive con enfermedades crónicas? ¿Cómo lograr que la misma protección social se base en derechos y que la solidaridad entre todos los sectores y regiones de nuestros pueblos se fortalezca y no se debiliten?
¿Cómo atendemos los reclamos de la seguridad ciudadana, que ante la inseguridad, hoy nos resta libertad?
Las respuestas a tantas preguntas están dentro de la institucionalidad democrática, dentro de nuestros los partidos políticos, que  deben encontrar respuestas innovadoras y participativas a esos desafíos de: oportunidades, capacidades y solidaridad.

La agenda que hoy nos ha convocado resume los grandes retos de nuestro tiempo. Ya en la convocatoria para constituir la unión de Estados de América Latina y el Caribe, los presidentes de nuestros países priorizaron la atención a cuatro dimensiones de la crisis de esta época: la crisis alimentaria, la crisis energética, la crisis financiera y la crisis climática. A ello se puede agregar el combate a la criminalidad internacional, y la debida protección a los ciudadanos.

Cada una de esas prioridades exige ampliar y robustecer determinados valores que la socialdemocracia ha practicado desde hace tiempo y a la vez conlleva el fortalecimiento de los valores democráticos y la participación ciudadana.

Compañeras y compañeros:

Todos los que estamos aquí representamos a partidos con experiencia y con fundamentados criterios en estas materias, así que cabe esperar un debate de la mejor calidad.
Sin embargo, junto con ello, también es necesario que en el próximo futuro, intercambiemos ideas acerca de cómo mejorar la competencia de este Comité Latinoamericano y Caribeño de la Internacional Socialista, para apoyarnos en la tarea no solo de discutir bien, sino de hacer bien lo que la práctica nos exija.

Y así multiplicar los notables esfuerzos que nuestro Secretario General, el compañero Luis Ayala y el incansable equipo que lo acompaña, hacen para que se conozcan nuestras posiciones, para que se divulguen nuestros trabajos  y sobre todo para que se cumplan nuestras resoluciones.
Por eso, quisiera por unos minutos situarnos en la realidad en la que estamos, y en los propósitos que nos reúnen. Como bien sabemos, durante el último período, en América Latina y el Caribe los partidos de la izquierda democrática y las organizaciones afines, han venido mejorando su desempeño electoral.  No solo han ganado mayor apoyo popular, en varios casos también han ganado elecciones presidenciales y constituido gobiernos progresistas.

En los casos donde nuestros compañeros o nuestros afines no han logrado ganar, con frecuencia han demostrado buenos desempeños. Aún así, a unos y a otros nos conviene examinar los motivos por los cuales su éxito no fue mayor, para aprender de nuestras deficiencias y ayudarnos mutuamente a tener mayor éxito en las próximas oportunidades.

Valdrá la pena analizar cuándo es que ganamos por el atractivo de nuestras propuestas, o cuando los resultados corresponden más a los malos recuerdos que nuestros contrincantes han ocasionado. Esto es, cuándo nuestras victorias son producto de nuestras propuestas de futuro, capaces de convocar a una mayoría social para convertirnos en una opción transformadora, y cuándo se deben a las malas ejecutorias de nuestros adversarios.

Debemos reforzar y ampliar la capacidad de ganar por el mérito de nuestras propias propuestas y de su capacidad para ganar la confianza de crecientes multitudes.
Y como aquí sabemos que la democracia es una forma constante de validar nuestra legitimidad, por eso las victorias electorales no se reproducen por sí solas, sino que debemos ser capaces de volverlas a ganar, de volver a convencer con nuestras ideas y acciones a un electorado cada día más exigente.

Por otro lado, en estos últimos años ya se observa cómo está en marcha una contraofensiva de la derecha, la que ahora quiere presentarse como una “nueva” derecha, que asume otro estilo y retórica, acompañada de un mensaje supuestamente no político, sino anti-político.
Esa ofensiva tiene un patrón bien estructurado, con actores internacionalmente bien articulados, en la mayor parte de América Latina y el Caribe. Es nuestro deber estudiar los nuevos comportamientos de quienes nos adversan, para estar en condiciones de identificarlos, superarlos y llevar adelante nuestros proyectos nacionales y regionales.

A ellos se les ve en actividades hemisféricas de capacitación y entrenamiento, a través de sus fundaciones e incluso de universidades afines. Eso va desde encuentros de sus  cuadros jóvenes con altas personalidades, hasta una efectiva enseñanza de marketing político electoral.
Sin embargo, muchos de nosotros no contamos con nada de ese género. Y no podemos dejarle a la derecha ese privilegio, cuando en la Internacional Socialista tenemos líderes capaces, exitosos y con voluntad de compartir experiencias y conocimientos.
La paradoja es que tenemos importantes partidos, organizaciones y gobiernos afines y, sin embargo, nuestra articulación regional en algunos casos es mucho menos práctica.

Aquí en América, no estamos solos, somos una fuerza que se debe robustecer compartiendo información, experiencias y cooperaciones, especialmente cuando se trate de reuniones específicas sobre temas concretos. Creo que así podremos ser más útiles para nuestros países y pueblos, y por ende para nuestros partidos e iniciativas.

Valdría la pena  interrelacionar a las fundaciones que comparten nuestros valores, y promover encuentros entre intelectuales que creen en lo que representamos como Internacional Socialista, a fin de estructurar cursos regionales de formación y capacitación para nuestros cuadros.
Deberíamos iniciar la construcción de un Observatorio Electoral, para  informarnos y ser solidarios con nuestros hermanos, acompañándolos cuando así lo requieran, en las distintas etapas y momentos del desarrollo de nuestras organizaciones y campañas políticas.

Igualmente podemos considerar en el futuro, uno o más grupos especializados de análisis, para que nos aporten información actualizada de la realidad que se vive en nuestra querida America Latina y en el Caribe, que sean capaces de proponer ideas para la agenda de nuestras reuniones.
Temas no faltan para nuestra región: entre otros, están los de seguridad ciudadana, migraciones, narcotráfico y tráficos de armas y de personas, los problemas derivados del cambio climático, los relativos a la prevención y mitigación de desastres naturales, los de legislación, procedimientos y pronósticos electorales, los temas energéticos, el de las islas Malvinas y el del derecho de Puerto Rico a su autodeterminación e independencia, por ejemplo, en una la lista que podría ser bastante larga.

Paralelamente, tenemos que seguir avanzando en el esfuerzo que ha realizado la Internacional Socialista  y nuestro secretario general para establecer lazos con universidades en nuestra región y en los Estados Unidos.

Todo eso hay que hacerlo como se debe, desarrollarlo sin complejos; en América Latina y el Caribe nuestros partidos han sido capaces  de visualizar nuestras propias realidades y no son pocos los casos donde nuestra solidaridad y cooperación han traído resultados exitosos.
Al final de cuentas, lo que queremos es que este Comité de la I.S. funcione, que haga lo que debe hacer para beneficio de todos sus miembros. Para realizarlo, paso a paso, metódicamente y en forma realista y bien coordinada, contando sin duda, para estos propósitos con la valiosa experiencia de nuestros hermanos europeos. En pocas palabras, necesitamos estructurar un plan de acción.

Estimados compañeros y compañeras, no pretendo cambiar la agenda de la reunión que nos convoca en este hermoso país, sino compartir unas reflexiones en borrador que creo deben ser abordadas, sin pasiones y sin ánimo de reclamos, en algún próximo momento. Lo hago con la convicción de quien conoce la capacidad intelectual, la calidad moral, la entrega y la convicción que ha caracterizado a través de la historia a nuestros líderes e instituciones políticas.

La presente hora de América Latina y el Caribe está llena de oportunidades, pero también llena de riesgos. Lo que vaya a suceder dependerá de nosotros mismos, de nuestra acción previsora, organizada y coordinada. Tenemos que saber adelantarnos a los acontecimientos.

Ciertamente, aquí todos podemos decir, como el reverendo Martin Luther King, que tenemos un sueño. En un mundo y en un continente donde todavía hay no pocos motivos de recelos e incertidumbres, lo más prometedor es que nosotros ese sueño ya lo tenemos y lo compartimos, y que más que soñarlo juntos estamos dispuestos a ponerlo en ejecución.

Muchas gracias y enhorabuena, queridos compañeros.

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